La realidad de nuestro derecho al desnudo.

Sobre el tema que nos ocupa estos días de la detención de Rafa en Las Palmas, el fundador de SolMadrid, Pablo, ha recordado en la lista nudista un artículo que escribió el pasado año (Enlace: La utopía de la normalización « El blog de SolMadrid). De él entresaco las siguientes reflexiones, que comparto:

En el tema del nudismo, desde hace unas dos décadas, distintas asociaciones se dedican a difundir que la desnudez no en ilegal en España, han logrado que varias administraciones se pronuncien en este sentido y suelen mostrar a la sociedad que esto es así paseando desnudos por las ciudades con la intención de mejorar la aceptación social de la desnudez.

Hace ya bastante tiempo que la Federación Española de Naturismo adoptó estos objetivos, mensajes y métodos, llegando en diversas oportunidades a defender jurídicamente la libre desnudez, frente a administraciones que intentaban limitarla.

Dado que el objetivo declarado de estas acciones es mejorar la aceptación social de la desnudez, luego de todo este tiempo es razonable preguntarse acerca de los logros ¿Es la desnudez social mejor aceptada por la España de hoy que por la de hace una década? Lamentablemente la respuesta a esta pregunta es un no rotundo. Quien vaya desnudo en cualquier ámbito social, incluidas las playas que no son de tradición nudista, sería visto como muy fuera de lugar, reprobado mayoritariamente. Se expondría a insultos y con toda probabilidad a agresiones físicas. Hasta podría haber denuncias, que serían atendidas inmediatamente por la policía salvo que tuvieran instrucciones específicas de no hacerlo. Solo un muy reducido número de personas se atreven a enfrentarse a ese tipo de situaciones y, en mi opinión, no lo hacen para disfrutar de ello (veo difícil disfrutar de semejante escarnio), sino para promocionar la “normalidad” de la desnudez.

Y es cierto; en muchas ocasiones ponemos como ejemplo para realizar este tipo de acciones el ejemplo de Rosa Parks, que se negó a ceder su asiento a un joven blanco en Montgomery, Alabama, y de ahí se generó un movimiento social que movilizó a 30.000 afroamericanos. En el diario Público, el 9 de diciembre de 2007, (enlace: Rosa Parks, la mujer negra que desafió a la América blanca – Público.es) se publico la siguiente reseña:

“Mientras más obedecíamos, peor nos trataban”, asegura Parks en sus memorias. “Aquel día estaba fatigada y cansada. Harta de ceder”. Por el lance del autobús, Rosa Parks pasó la noche en el calabozo, acusada de perturbar el orden público y pagó una multa de catorce dólares. Sin embargo, el caso trascendió y acabó por dar voz a los movimientos por el fin de la segregación que ya habían comenzado a hacerse notar.

Indignado y hastiado, un joven y desconocido pastor bautista llamado Martin Luther King organizó una oleada de protestas contra la segregación en los autobuses públicos de Montgomery que duró 382 días. Los treinta mil afroamericanos que participaron hicieron marchas de hasta nueve kilómetros, y cuando les preguntaban cómo se sentían, algunos respondían: “Mis pies, cansados. Mi alma, ¡liberada!”.

Mientras, el caso Parks llegó a la Corte Suprema del país, que declaró que la segregación era una norma contraria a la constitución estadounidense, que declara iguales a todos los individuos de la nación. Un año después, el gobierno abolió cualquier tipo de discriminación en los lugares públicos.

Y poco tiempo después, el gobierno federal envió a la Guardia Nacional para preservar el derecho de los ciudadanos negros a recibir educación universitaria.

Y he aquí la gran diferencia: nosotros no tenemos un respaldo de 30.000 ciudadanos dispuestos a defender nuestros derechos, ni un gobierno estatal (y no digamos un gobierno europeo) dispuesto a defender nuestro derecho a la desnudez. No, no estamos en la misma situación: en las ciclonudistas, en las que se moviliza mucha gente, somos 50 ó 100 personas, entre las que se encuentran algunas que sólo se desnudan en esa ocasión. No tenemos (todavía) la capacidad de movilización para conseguir el cambio social de la visión sobre la desnudez.

Y eso es una pena.

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