El país de las capulleces

Así se titula un artículo de Javier Marías publicado en El País Semanal del 27 de febrero de 2005; el país al que se refiere no es Españistán, sino Estados Unidos con sus curiosas sentencias, galardonadas con los premios Stella. Aunque nuestra Españistán si que aparece en la última línea del artículo; aquí lo teneis…

En más de una ocasión, para ilustrar los desvaríos de la justicia actual y la alergia a la responsabilidad de nuestras sociedades, he puesto como ejemplo uno sobre el que leí en la revista Time, hará diez o más años: un ladrón se coló en un garaje y allí robó un coche, a bordo del cual salió a tanta pastilla que en seguida se estrelló contra un árbol y hubo de pasarse meses en el hospital, recuperándose de las fracturas. Entonces se querelló contra el garaje, con este argumento: de haber estado mejor vigilado, él no habría podido robar el automóvil y no se la habría pegado. No constaba el resultado de la querella, pero sí que se había admitido a trámite, lo cual ya me parecía lo bastante loco y horripilante.

Ahora he de suponer que aquel ladrón americano ganó su pleito, a tenor de la lista de los Premios Stella que me envía mi amigo inglés Eric Southworth, junto con una nota, “Nuevas del País de las Libertades”. Y también he de suponer que los casos mencionados son reales y no chistes paródicos, pese a su aspecto. Si lo de Time hace un decenio era cierto, lo que sigue no tendría por qué no serlo.

Una señora de Texas se vio compensada con 780.000 dólares por una tienda de muebles en cuyo interior un niño pequeño correteaba; ella tropezó con él y se rompió un tobillo; el fallo del jurado tuvo algo de sorprendente, dado que el mocoso culpable del desaguisado era el propio hijo de la señora. Un joven californiano obtuvo 74.000 dólares, y el pago de los gastos médicos, de un vecino cuyo Honda le atropelló la mano; lo chocante es que la mano estaba donde estaba porque el joven se disponía a robar los tapacubos sin percatarse de que el dueño estaba al volante. Un ladrón de Pennsylvania desvalijó una casa y decidió escabullirse por el garaje; su puerta no se abrió por un mal funcionamiento del automático, y tampoco pudo volver a la casa porque él mismo había dejado cerrado el acceso a ésta; de vacaciones la desvalijada familia, el ladrón se pasó ocho días encerrado, subsistiendo gracias a una caja de Pepsis y a comida para perros reseca, que encontró por allí; como la situación le había causado “indebida ansiedad mental”, el jurado de turno mandó indemnizarlo con medio millón de dólares. Estos tres casos quedaron empatados en el quinto lugar de los Premios Stella, mientras que el cuarto fue para un individuo de Arkansas, que fue compensado por un vecino cuyo perro le mordió en las posaderas; la cantidad (14.500 dólares más los gastos médicos) fue inferior a la solicitada, pues el jurado consideró un atenuante el hecho de que el individuo llevara un rato, antes de la mordedura, disparándole perdigonazos al perro con una escopeta.

El tercer premio fue para una mujer de Pennsylvania que demandó a un restaurante en cuyo suelo había restos de un refresco que la hicieron resbalar y partirse el coxis; fue admirable que el jurado le concediera 113.500 dólares, habida cuenta de que, si el suelo estaba mojado, era porque la mujer acababa de arrojar el refresco causante a la cara de su novio, treinta segundos antes del resbalón, para coronar una discusión que tenían. El segundo puesto fue para otra mujer, de Delaware, dañada por un night-club desde la ventana de cuyo lavabo cayó ella al suelo, perdiendo en el choque dos incisivos; la cosa había ocurrido cuando la mujer intentaba colarse al interior por dicha ventana, y así ahorrarse los tres dólares y medio que costaba la entrada; y no sólo se los ahorró, sino que el propietario del night-club hubo de pagarle 12.000 dólares y la factura del dentista. Por último, el primer Premio Stella se lo llevó este año un tipo de Oklahoma que se acababa de comprar una flamante autocaravana. A su regreso de un partido de fútbol, puso el automático a cien kilómetros por hora y abandonó tranquilamente el volante para irse a la parte de atrás y allí hacerse un café; el vehículo, no sin lógica, se salió de la autopista, chocó y volcó; el Oklahoman demandó a la marca por no haberle advertido, en su manual de instrucciones, de que no podía irse de paseo por la autocaravana con ésta en marcha, y un jurado le dio la razón con 1.750.000 dólares y un vehículo nuevo idéntico al estrellado; la empresa, además, ha enmendado su manual, por si a otro capullo semejante se le ocurre comprar una de sus autocaravanas. Lo cual no es descartable, dado que sólo en aquel jurado había ya otros doce, muy comprensivos con sus iguales.

Comprenderán por qué no hay quien se lea los interminables manuales de nada. La cosa ya viene de largo, desde que una señora puso a secar a su perrillo en el microondas y lo sacó hecho trizas. Otro jurado culpó al manual de no avisar que tal uso no era recomendable sin fallecimiento. Esta señora, sin embargo, no fue Stella. Los premios se llaman así en homenaje a Stella Liebeck, anciana que se tiró un café encima y le sacó por ello una pasta a McDonald’s, en uno de cuyos establecimientos se lo habían servido. Por eso da tanto miedo cuando aquí se importan, una tras otra, todas las chorradas, capulleces y abusos del País de las Libertades.

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