Individualistas unánimes

Leyendo El País Semanal del 22 de enero de 2006 (es decir, de hace más de 7 años) he encontrado este artículo de Javier Marías que, criticando la ley antitabaco, habla de un tema muy interesante, cual es el del proselitismo, como voluntad de imponer a los demás una determinada forma de ver las cosas…

Es quizás lo que en Francia se intenta evitar en su código penal con respecto al nudismo (se condena el desnudo impuesto a la vista de otros) aunque pienso que lo que realmente se pretende es cercenar una libertad. En Españistán, sin embargo, la situación parece más clara legalmente (no se debe condenar a nadie por estar desnudo), pero socialmente, a veces me parece que intentamos correr demasiado e imponer el desnudo en determinados ámbitos que no lo aceptan socialmente. Eso también podría considerarse proselitismo, pero nuestro caso tiene una diferencia clarísima con respecto al proselitismo: nosotros no pretendemos obligar a nadie a que se desnude, sino que no nos obliguen a nosotros a vestirnos…

He aquí un extracto del artículo, del que no dispongo enlace a su versión digital (probablemente porque no exista). Destaco en negrita las frases que en mi opinión dan en el calvo de este asunto.

Individualistas unánimes

Por Javier Marías

(…) Si hay algo detestable y arraigado en el mundo (y en particular en España) es el proselitismo. Para mí es, sin duda, la causa principal de las guerras, de las opresiones, de los fanatismos, de que las religiones suelan ser intolerantes, de los nacionalismos, de las dictaduras, de los terrorismos, de las tiranías y de casi todos los odios. Y en España se cultiva tanto, en sus muy diversas formas, que a veces pienso que lo raro no es que haya habido aqhí unas cuantas guerras civiles, sino que no las haya permanentemente. Claro que si no es así se debe, en parte, a que de tanto en tanto las gana algún bando e impone durante largos años sus leyes, sus prohibiciones y sus ideas a todo el mundo. Ahora llevamos treinta años -desde la muerte de Franco, el último que logró imponerlo todo- predicando la tolerancia, y llevándola en ocasiones, formalmente, a extremos tan ridículos como falsos: ya saben, el sujeto que proclama que “toda oposición es respetable” cuando no lo son, por ejemplo, que haya que quemar a los mendigos o que expulsar a todo inmigrante. Pero lo cierto es que, en la práctica, tal concepto es casi desconocido. Hay un español frecuentísimo que es proselitista por naturaleza, y tiende a querer que nadie haga lo que él no quiere hacer, y que todos crean lo que él cree, y que nadie tenga los derechos que maldita la falta que a él le hacen. Aún no distingue entre posibilidad y obligación. Es aquel individuo que consideraba en su día la posibilidad de divorciarse -quien quisiera hacerlo-, una amenaza para su matrimonio y para el Matrimonio; o la posibilidad, ahora, de que una pareja homosexual se case, un atentado contra la Familia y la suya; que la gente siga fumando, un peligro para su salud y para la Salud en abstracto; que beba, una incitación al general alcoholismo; que juegue, un camino seguro hacia la ludopatía colectiva y la holgazanería y la ruina; que compre sexo, una explotación de todas las mujeres, y así hasta el infinito, olvidando siempre que a él nadie le obliga a divorciarse, a contraer matrimonio con su vecino, a fumar, a beber, a jugar ni a ir de putas. Ese español frecuente aún considera que lo que él no desea para sí no debe existir para nadie; que lo que le parece inmoral o “pecado” ha de quedar desterrado de la sociedad entera; si es nacionalista catalán o vasco, que no son merecedores de ser tenidos por catalanes ni por vascos cuantos no se enardezcan como él con su patria; o, por supuesto, si es nacionalista español (cuán idénticos son todos), que deben ser forzados a serlo con su mismo fervor cuantos no se sientan españoles o no lo quieran ser en modo alguno.

Hay un español frecuente que jamás se limita a tener sus creencias, profesar su religión, cultivar sus costumbres, pensar sus vacuas ideas y abstenerse de lo que él juzga “vicios” … tranquilamente y sin proponerse convencer a nadie de caminar por su senda. Siempre se ha dicho que el español es individualista y que rara vez se une a sus compatriotas en ninguna empresa colectiva. Tal vez sea verdad que no nos unimos libre y voluntariamente, pero desde luego es falso que nos conformemos con vivir cada uno aislado, a su antojo, y sin intervenir en lo que los demás elijan. El ansia de ese español frecuente es que todo el mundo, más que unirse a él, lo secunde y lo imite, de buen grado o a la fuerza. Si no fuera una contradicción en los términos, podría decirse que la aspiración de ese español es un extraño, prohibitivo y dictatorial país de individualistas unánimes.

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