Unión Europea: ¡Socorro, Juncker se va!

El pasado 11 de julio dimitió el primer ministro de Luxemburgo, Jean-Claude Juncker, por falta de control sobre el servicio secreto de su país; tras un primer intento de aguantar el tipo (que duró un día) acudió al Parlamento a dar explicaciones y dimitió en el transcurso de la sesión. Vamos, igualito que en Españistán, donde Mariano Rajoy acude inmediatamente al Parlamento a dar cuenta de los asuntos que nos interesan a los ciudadanos.

Pero lo relevante de esta dimisión es que Jean-Claude Juncker es uno de los pocos políticos que transcienden las fronteras de su estado para convertirse en una verdadera figura política europea. Y eso es lo que defiende el periodista Günther Nonnenmacher en el diario berlinés Frankturter Allgemeine Zeitung, artículo a cuya traducción accedo a través de Presseurop.

Hay motivos para dudar que la Unión Europea pueda funcionar sin políticos como Jean-Claude Juncker. El que ha sido durante mucho tiempo primer ministro de Luxemburgo encarna como nadie las ideas de la esencia de la unificación europea.

La dimisión del primer ministro luxemburgués Jean-Claude Juncker principalmente se trata de un asunto interno para el Gran Ducado. El servicio secreto de Luxemburgo, un agencia que cuenta al parecer con cinco docenas de empleados, supuestamente ha estado viviendo “por su cuenta”, o al menos de una forma sobre la que el primer ministro no ha logrado ejercer un control suficiente.

En la raíz de la cuestión se encuentra un asunto que data de los años ochenta, pero no está claro que la dimisión de Juncker signifique que vaya a desaparecer de la escena política de Luxemburgo. Su intención es liderar el Partido Popular Social Cristiano en la campaña electoral y es bastante posible que el político que goza aún de gran popularidad y que ha sido primer ministro desde 1995, dirija el próximo Gobierno.

Los temblores en Luxemburgo no se extenderán por Europa, aunque Juncker ha desempeñado una función destacada en la política europea de las últimas décadas. Desde 1991 ha sido presidente del Consejo de Asuntos Económicos y Financieros (ECOFIN) y por ello estuvo implicado en gran medida en la creación de la unión económica y monetaria europea, y desde 2005 hasta comienzos de 2013 ha sido presidente del Eurogrupo. No obstante, esta dimisión no sólo es sintomática, sino que además es muy simbólica.

Al mismo nivel en la mesa de negociación

Juncker es el vivo ejemplo de las funciones nuevas y distintas que pueden desempeñar los Estados pequeños en la política europea después de la Segunda Guerra Mundial, desde la Comunidad Económica Europea, pasando por la Comisión y hasta la actual Unión Europea (UE). Los Estados pequeños ya no son las provincias del imperialismo europeo, sino que se sientan a la mesa de negociación en igualdad de condiciones con el presidente francés, la canciller alemana y el primer ministro británico, y representan a Europa en encuentros cara a cara con el presidente ruso Vladimir Putin y su homólogo estadounidense, Barack Obama.

En esa mesa, los Estados miembros de menor tamaño nunca han cuestionado la función de liderazgo de los de mayor tamaño, como consecuencia de su mayor peso económico y su mayor fuerza política. Pero plantean sus opiniones e influyen en las decisiones y Juncker ha demostrado que también pueden aportar inteligencia y talento.

El primer ministro luxemburgués encarna otro elemento esencial del proyecto europeo: el consenso básico demócrata-cristiano europeo que dio forma a la unificación a través de los padres fundadores Schuman, de Gasperi y Adenauer. Se basa en un equilibrio entre capital y trabajo, en un consenso social (y socio-político) que un social-demócrata, el excanciller alemán Gerard Schröder, resumió en una frase concisa: “Si las cosas van bien para la industria alemana, las cosas también van bien para los trabajadores alemanes”.

¿El fin de sus mejores años?

Este fundamento se ha visto agitado y zarandeado por los vientos de la globalización, pero Juncker cree en él firmemente, no sólo como un objetivo de la política nacional, sino como una condición de la unificación europea. Esto puede hacer que algunos piensen que está desfasado.

Algunas personas también consideran anticuado su compromiso con una visión federal de Europa. Hacia el final de su propia carrera política, el excanciller alemán Helmut Kohl, que llamaba con respeto a Juncker “Junior”, renunció al sueño de los “Estados Unidos de Europa”.

Pero Juncker tampoco es un utópico, aunque probablemente estaría de acuerdo con la ocurrencia del escritor suizo Max Frisch, que afirmó: “uno no es realista sólo porque no tenga ideas”.

Juncker sabe que una UE con 28 miembros ya no se ajusta al molde que se creó para los seis Estados europeos del periodo inmediatamente posterior a la Segunda Guerra Mundial. En su opinión, el federalismo ha seguido siendo como una idea reguladora, en el sentido kantiano: cualquier decisión a nivel europeo debe valorarse en la medida en que, a largo plazo, sea compatible con el objetivo de la supranacionalidad o bien un obstáculo para el mismo.

Juncker, escéptico y suspicaz, se ha cuestionado si los intereses nacionales y los egoísmos no se están intensificando tras la crisis del euro, ya que los acuerdos los están aprobando los líderes de los grandes Estados a expensas de las instituciones europeas. Por otro lado, considera estos acuerdos incompetentes de un modo aleccionador y políticamente equivocados, que es por lo que discutió con la canciller alemana Angela Merkel y se enfrentó al expresidente francés Nicolas Sarkozy.

Donald Rumsfeld, el exsecretario de Defensa estadounidense, probablemente habría visto en Juncker el prototipo de “viejo europeo”. Lo cierto es que probablemente lo sea. Pero hay razones para dudar que la UE en el proceso de renovación pueda durar mucho tiempo sin el compromiso de políticos como él.

Enlace a Presseurop: Unión Europea: ¡Socorro, Juncker se va!.

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