La prostituta puritana

En el suplemento El viajero del diario madrileño El País escribe César Antonio Molina un artículo sobre el cementerio de los Reyes (o de Plainpalais) de Ginebra, en el que reposan, entre otros, Calvino, Jean Piaget o Jorge Luis Borges. Y junto a éste descansa Grisélidis Réal, en cuyo epitafio figura la siguiente inscripción: Escritora – Pintora – Prostituta. Su actitud vital se enfrenta a los estereotipos de las personas bienpensantes, que sólo pueden ver en las prostitutas como víctimas, y no como mujeres que deciden libremente cómo vivir su vida; eso no significa que cualquier tipo de prostitución sea válida: la trata de blancas es denigrante, y merece el mismo desprecio y la misma persecución que el tráfico de esclavos, porque al final la trata de blancas es una forma de esclavitud. Pero entre hombres (y mujeres) libres, nadie tiene porque cuestionar la libre decisión de una mujer (o de un hombre, que también los hay).

Sobre este tema, también puedes leer este artículo publicado aquí hace algún tiempo.

 

(…) Hablando de castidad, junto a la tumba del genial Borges está la de Grisélidis Réal. En la lista de personalidades del cementerio se la considera como peripatéticienne, mientras que en su propia tumba reza lo siguiente: “Ecrivain-Peintre-Prostituée (1929-2005)”. Esto último llama la atención en semejante lugar. No digo que las prostitutas no hayan contribuido al bien de la humanidad como los políticos, los intelectuales, los artistas y escritores; probablemente han hecho más felices a la gente, pero aquí, frente a la tumba de Borges, en un lugar de recogimiento y silencio, causa —en principio— cierta rareza. Máxime cuando, en mi caso, leer su nombre no me dice absolutamente nada, pues desconozco su biografía. La palabra “prostituée” aparece aquí como una especie de exhibicionismo, de provocación. ¿Una prostituta no solo enterrada a pocos metros de Borges o Musil, sino, sobre todo, de Calvino? La tumba de Grisélidis tiene esparcidas, fundamentalmente en su cabecera, muchas conchas marinas y multitud de rosas rojas.

Nada más salir del cementerio me informo con mi amigo Rodrigo Díaz Pino, el dueño heroico de la librería Albatros, y me da bibliografía sobre ella. Grisélidis fue todo un personaje. Nacida en Lausana en 1929, pasó su infancia en Egipto. Su padre estaba destinado en Alejandría como director de la Escuela Suiza. Luego vivió en Egipto y Grecia. En Zúrich estudió artes decorativas. Madre separada con cuatro hijos de tres hombres, ya de mayor se vio obligada a ejercer la prostitución por necesidad. Sus tres hijos y su hija también fueron artistas, poetas y músicos. Para salir adelante en Alemania, se dedicó al oficio más viejo del mundo. Autora de varios libros, viajera, pintora, conferenciante en universidades, en radio y televisión, fue líder de los movimientos revolucionarios feministas y a favor de la libre prostitución. Fue una de las fundadoras de la Asociación de Ayuda a las Prostitutas (Aspasia). Ayudó económicamente a travestis que eran maltratados y juzgados. Se declaraba socialista, lo cual no quiere decir que no los criticara, y mucho. Su lema: “La prostitución es una lucha a todos los niveles: físico, comercial y político”.

Para Grisélidis, la prostitución era un oficio psiquiátrico del corazón. Se declaraba “puta anticalvinista”. Ella afirmó siempre que tenía tres profesiones: puta, pintora y escritora. Hablaba francés, inglés, alemán e italiano. Entre sus libros se encuentran El polvo imaginario, conjunto de cartas que le envió a su amigo Jean-Luc Hennig; el negro es un color, donde relata de una manera autobiográfica su vida en Schwabing, un burdel de Múnich, ciudad en la que tuvo una relación amorosa con un soldado negro norteamericano; o El cuaderno negro, diario donde recoge las manías y pasiones ocultas de sus clientes, sus sueños de vejez, sus amantes imaginarios, sus luchas políticas y sus enfermedades producto de su actividad. Yo he leído El polvo imaginario y El negro es un color, que son dos libros distintos en su género y estilo, pero que no tienen más interés que por su contenido testimonial. Una prostituta intelectual sí que fue Grisélidis Réal. Leía mucho (…). Sus libros también están repletos de referencias musicales clásicas y de jazz, sobre todo de esta última música. Fue también muy aficionada al cine.

Grisélidis defendió la dignidad de su trabajo. La piedad ante las personas solas y desesperadas. Era una especie de misionera de los sentimientos, instintos, deseos y frustraciones. Ese desasosiego del hombre muchas veces se solucionaba abrazando a una mujer desnuda. Achacaba todas estas disfunciones a la mezquina educación moral y religiosa, la que prohíbe tener un cuerpo y castiga por gozar de él y por hacer gozar a otros. No estaba de acuerdo en esa equiparación del pecado igual al placer. Pedía la normalización de esta profesión para evitar enfermedades derivadas de su libre ejercicio sin protección, la sífilis, el sida… Ella desconfiaba de cualquier tipo de terapia psicoanalítica para evitar este trabajo, pues para ella era una necesidad económica, como en la mayoría de los casos. Grisélidis Réal fue un paño de lágrimas para los emigrantes árabes, italianos, portugueses, turcos y, por supuesto, españoles. Grisélidis se consideraba una “puritana” de Ginebra, en vez de una cortesana. Grisélidis consideraba a las prostitutas como benefactoras de la humanidad, como beneméritas, y arremetía contra el cinismo, la hipocresía, el rechazo permanente a que fueran reinsertadas. También esta mujer luchó contra el esclavismo de las prostitutas. En sus opiniones, juicios y acciones fue muy radical. (…) Para esta mujer no había más consuelo ante la muerte que el amor. El amor, una extraña enfermedad que nadie ha conseguido explicar, o lo ha hecho equivocándose. La prostitución era para ella un sucedáneo del amor, “una labor de orfebrería, minuciosa y heroica”. Grisélidis consideraba a las meretrices artistas, un arte que debería ser reconocido y, sobre todo, ¡respetado!
Los libros de Grisélidis son brutales, salvajes, insultantes. Están bastante bien escritos. Carecen de un afán literario, pero sí lo tienen documental y reivindicativo. A lo largo de las páginas hay pensamientos curiosos, reflexiones interesantes y comentarios verdaderos. (…) En la casa de Sucesus en Pompeya había el siguiente grafiti: “Que viva el que ama; que se muera quien no sabe amar. Dos veces perezca todo el que pone obstáculos al amor”.

Enlace a El Viajero en El PaísLa prostituta puritana.

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