Yo (me) acuso

Quizás haya alguien que al leer la frase Yo acuso piense en la famosa película denominada en España Algunos hombres buenos y en Latinoamérica Cuestión de honor, y sobre todo en el mítico momento en que el personaje de Tom Cruise pone fuera de sus casillas al de Jack Nicholson y le hace confesar que ordenó un código rojo, que exculpa a sus defendidos de asesinato.

Escena de la confesión del código rojo.

Pero no, no me refiero a esta película, sino a un caso real, que también ocurrió en un ejército, y que hizo que un valiente de verdad se enfrentara a todos los estamentos habidos y por haber hasta que consiguió justicia. El caso fue el denominado caso Dreyfus, y el valiente fue Émile Zola.

Del libro del propio Zola, Yo acuso. La verdad en marcha, que recoge todos los artículos escritos sobre este caso, extraigo esta introducción.

En 1894, los servicios de contraespionaje franceses interceptan un documento dirigido al agregado militar alemán en París, Schwartzkoppen, en el que se menciona en nota manuscrita el anuncio del envío de informaciones concretas sobre las características del nuevo material de artillería francés. Basándose en el escrito, los expertos comparan letras de los oficiales del Estado Mayor y concluyen que el capitán Alfred Dreyfus, de treinta y cinco años, judío y alsaciano, es su autor. El 15 de octubre de ese año Dreyfus es arrestado, juzgado por un consejo de guerra y declarado culpable de alta traición. Pese a las declaraciones de inocencia del acusado (declaraciones que no se hacen públicas), se condena a Dreyfus a la degradación militar (enero de 1895) y a cumplir cadena perpetua en la isla del Diablo, en la Guayana francesa. Durante el juicio, el general Mercier, ministro de la Guerra, expresa sus convicciones a la prensa y comunica al tribunal que existen pruebas «abrumadoras» de la culpabilidad de Dreyfus, pruebas que no puede mostrar porque pondrían en peligro la seguridad de la nación. Hasta ese momento, nadie duda de la existencia de dichas pruebas. Únicamente la familia de Dreyfus, convencida de su inocencia, habla de error judicial y busca apoyos entre los politicos y la prensa para conseguir la revision del juicio. En marzo de 1896, el nuevo responsable del contraespionaje, el coronel Picquart, descubre un telegrama dirigido por Schwartzkoppen a un oficial francés de origen húngaro, el comandante Esterhazy; el telegrama no deja dudas de que este ultimo es el informador de Schwartzkoppen en el Estado Mayor francés. La letra de Esterhazy, que se parece a la de Dreyfus, es, sorprendentemente, muy similar a la del famoso escrito. Picquart informa a sus superiores y expresa su convicción de que fue un error atribuir el escrito a Dreyfus. El Estado Mayor destina a Picquart a la frontera del este y, posteriormente, a Túnez. Los tribunales militares se niegan a revisar el caso Dreyfus y tratan de sofocar el escándalo, pero no logran evitar que algunos rumores alerten a personalidades de la izquierda. En 1897 -con la ayuda del periodista Bernard Lazare, del senador Scheurer-Kestner y del diputado Joseph Reinach-, Mathieu Dreyfus, hermano de Alfred, promueve una campaña en Le Figaro para exigir que se investigue a Esterhazy y se revise el juicio de 1894. La extrema derecha reacciona de inmediato. Indignado, Émile Zola, próximo a la izquierda radical y a grupos socialistas, entra en liza. La campaña de Le Figaro rompe la conspiración de silencio. En diciembre de 1897, Esterhazy, cuya letra es idéntica a la de los facsimiles del escrito que la prensa ha reproducido, es inculpado y comparece ante un tribunal militar; contra todo pronóstico, los jueces lo absuelven en enero de 1898, al tiempo que el presidente del Consejo de Ministros, Méline, rechaza la revisión del caso Dreyfus: «El caso Dreyfus no existe». Zola, consciente de los riesgos que corre, plantea la cuestión ante la opinión pública en su célebre carta al presidente de la República, titulada «Yo acuso» y publicada el 13 de enero en L’Aurore. Ese mismo día, la policía detiene al teniente coronel Picquart. La polémica enardece al país, y llueven insultos y críticas sobre Zola. En estas circunstancias, aparece, ya en su sentido moderno, la expresión «los intelectuales», que emplearon los antidreyfusards (Barrès, Drumont, Leon Daudet, Pierre Loti, Jules Verne…) contra los dreyfusards (Zola, Gide, Proust, Péguy, Mirbeau, Anatole France, Jarry, Claude Monet…). Del 7 al 23 de febrero de 1898, Zola, amenazado de muerte, comparece ante un tribunal acusado de difamar a los oficiales y personalidades que había denunciado en su «Yo acuso». Se le declara culpable y se le condena a un año de cárcel, a pagar tres mil francos de multa y se le despoja de la Legión de Honor. Tras recurrir la sentencia, el tribunal de instancia vuelve a condenarle, esta vez, sin embargo, en rebeldía, pues Zola, temiendo por su vida, se ha exiliado en Inglaterra. Semanas después de este segundo juicio, se confirma que el documento que se utilizó para comprometer a Dreyfus en el juicio de 1894 era falso; lo había confeccionado un oficial del contraespionaje, el coronel Henry, quien confiesa su culpabilidad el 30 de agosto y el 31 se suicida en la cárcel. El Tribunal Supremo, que había empezado a revisar el expediente Dreyfus en junio, ordenó la revision del caso. Zola, pese a la confirmación de su sentencia condenatoria, regresa de su exilio en junio de 1899; el Gobierno renuncia a tomar medidas contra él. Entre agosto y septiembre de ese año, Dreyfus, trasladado a Francia, se somete a un segundo juicio y de nuevo le condenan los tribunales militares, que no acceden a reconocer el error judicial que se cometió en 1894; el 19 de septiembre, el presidente de la República, Loubet, indulta a Dreyfus. Puesto en libertad, gran parte de la opinion pública considera que debe, además, reconocerse su inocencia. Hasta el 12 de julio de 1906 no obtendrá Dreyfus la rehabilitación en el ejército. Cuatro años antes, la noche del 28 al 29 de septiembre de 1902, de regreso a París tras sus vacaciones en Médan, Emilio Zola muere asfixiado en su casa, debido a las exhalaciones de una chimenea. Desde 1898, Zola había recibido numerosas amenazas de muerte, pero este «caso» nunca llegó a esclarecerse. Dreyfus, por su parte, falleció en 1935 ocupando un alto cargo oficial. Quedaron dudas sobre su inocencia hasta la publicación de los Carnets de Schwartzkoppen en 1930: Dreyfus inocente, Esterhazy culpable.

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Está claro que todos tenemos una autoimagen propia, y casi todos nos identificamos del lado del héroe, del valiente; a posteriori, cuando nos cuentan historias similares, decimos: hay que tener huevos para hacer eso, y muchos en nuestro fuero interno pensamos que, cuando lleguen situaciones semejantes, actuaremos de igual forma.

Pero cuando llega la hora de la verdad, la vida se encarga de poner a cada uno en su sitio. Los héroes nacen en los pequeños detalles, no en los grandes sucesos. Y a mi, la vida ya me ha demostrado en que lado estoy, si en el de los valientes o en el de los cobardes… tres hechos me han hecho darme cuenta de cual es mi realidad… y ahora, aunque me sea difícil, emprendo mi particular yo (me) acuso

El primer hecho tiene que ver con los cambios que sufrimos en nuestro interior cuando estamos sometidos a una presión social determinada; esa presión no tiene que ser manifiestamente violenta, pero si que es una violencia social similar a la que sufrieron las lorquianas Hijas de Bernarda Alba.

La explicación de la falla (expresión derivada del mundo de las fallas que decimos cuando hablamos en valenciano, y que indica que vamos a entrar en materia) es la siguiente: en mi empresa, tras un expediente de regulación de empleo (del que hablo en un homenaje a mi mujer en este artículo) se ha tenido que empezar a recomponer cada una de sus áreas, con más pena que gloria, dado que como el criterio ha sido exclusivamente el de la edad, se ha ido muchísima gente valiosa y se ha quedado muchísima gente inútil (como el elemento del que hablo en mi anterior entrada).

Bien, pues a nuestro colectivo le llegó la hora de cambiar sus condiciones de trabajo, y se empezó a redactar un acuerdo en el que, por primera vez en muchísimos años, se concedían las reivindicaciones históricas del colectivo: libertad para poder comer entre las 14 y las 16 computando sólo el tiempo necesario para realizarla, eliminación de la parada obligatoria entre las 15 y las 16, eliminación de la obligatoriedad de trabajar por las tardes, computo de la jornada anual en lugar de mensual (lo que evita perder horas trabajadas porque no se puede pasar más de 4 horas de un mes a otro), ampliación del horario abierto a las 7:30 h. y reducción a los técnicos de 22 a 19 h., para facilitar la conciliación de la vida familiar con la laboral… todo ello a cambio de una contrapartida: la eliminación de una reducción de jornada de media hora entre el 15 de junio y el 15 de septiembre (lo que supone, teniendo en cuenta ese periodo coincide con las vacaciones, unas 20 horas más de trabajo por persona).

¿Valía la pena el acuerdo? Como todo en la vida, había posturas a favor y en contra; esa media hora de reducción de jornada ya ha sido eliminada unilateralmente por parte de la Dirección, y está a la espera de resolución judicial, por lo que tenemos un 50% de posibilidades de mantenerla, y el mismo porcentaje para perderla. Y ese es el principal argumento de los partidarios del no al acuerdo: ¡ya está bien de perder derechos! ¡Nos machacan continuamente, y no hay que dar un paso atrás! Y esta fue la alternativa ganadora en el referendum.

Yo, sin embargo, era partidario del sí. ¿Por que? Porque si se analiza fríamente, el acuerdo era una bicoca. Veamos, es cierto que perdemos 20 horas de reducción de jornada, pero ¿cuanto supone la hora que tengo que estar obligatoriamente cuando tengo que estar mi tarde semanal obligatoria – de 15 a 16 h-? (hay que tener en cuenta que las oficinas están en medio de la nada, lo que te obliga a permanecer en las instalaciones de la empresa o a ir a un bar de las poblaciones cercanas, pero en casi ningún caso a acudir a tu casa, lo que supone que ese tiempo, en lugar de estar con tu familia, estás en el entorno laboral… ¡así no hay quien desconecte!). Hagamos cuentas… 54 semanas laborales, menos las 5 semanas de vacaciones, menos las 17 semanas de junio a septiembre que no hay que ir por las tardes, hacen un total de 32 semanas que estoy obligado a quedarme, al menos una tarde, en las que pierdo, como mínimo, la hora de la comida, es decir, ¡32 horas! ¡32 horas de mi vida que ahora tengo que perder, por no perder las 20 horas del horario de verano!

Pero los pros y contras del acuerdo fueron debatidos en una asamblea de trabajadores convocada al efecto, y después el acuerdo fue sometido a referéndum; entonces, ¿de que me quejo?

Pues me quejo de que, desafortunadamente, hubo una campaña bien orquestada en contra del acuerdo por parte de uno de los sindicatos, en la que apelando a los sentimientos de injusticia antes mencionados, quiso en realidad evitar a toda costa que un buen acuerdo llegara a ser aprobado ¿la razón? Únicamente que una buena parte de la negociación la había impulsado un compañero de otro sindicato (sobre este compañero se llegó a decir que le habían ofrecido un ascenso si se conseguía aceptar el acuerdo), y para uno de los representantes de aquel sindicato, eso era inaceptable: los acuerdos sólo son válidos si me puedo poner medallas; si se las pone otro, el acuerdo es totalmente rechazable….

Pero aún así, en la asamblea teníamos la oportunidad de contrarrestar la campaña desinformativa que se había orquestado; únicamente se necesitaba exponer los argumentos a favor, y contraponerlos a los negativos para que la gente pudiera decidir en consecuencia. Y en la asamblea no intervine para denunciar la manipulación y el sectarismo: en lugar de defender los muchos argumentos favorables y contraponerlos a los pocos desfavorables, decidí permanecer callado, mientras el sindicato que había llevado el ritmo del acuerdo hacía una muy tímida defensa del acuerdo y el otro una labor de acoso y derribo con todos los medios a su alcance. Yo (me) acuso de ser cómplice, por omisión, de la no firma del acuerdo. Yo (me) acuso de mi silencio.

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Una asamblea del metro de Madrid (en lucha.org); aunque no votamos en la asamblea, si se hubiera hecho este hubiera sido el aspecto al pedir votos a favor del no.

 

El segundo y el tercer hecho tienen un patrón común: la discriminación sin sentido del colectivo de inmigrantes subsaharianos, que en aras del lenguaje políticamente correcto voy a denominar a partir de ahora negros.

El segundo ocurrió poco antes de iniciar el viaje que menciono en esta entrada y del que todavía tengo pendiente de publicar algunos artículos. El hecho es que fui a lavar el coche por dentro y por fuera a un lavadero cercano, en un barrio que al parecer cuenta con la residencia de varios grupos de negros. Mientras lo lavaban me acerqué a la terraza de un bar desde la que se podía observar la salida del coche del lavadero; dado que me habían dado una hora de espera, me dispuse a disfrutar de unos pocos instantes de calma…

Pero no pude: cuando me senté, observé que en una mesa vecina se hallaba sentado un negro, tomando tranquilamente una cerveza. Al otro lado, unos niños jugando. Ambiente de paz… hasta la llegada de un vecino (blanco, para más señas) que, nada más aparecer, empezó a despotricar y a decirle al negro que se largara de la terraza. Como el negro no hizo ningún además de moverse, el blanco cogió un palo y se acercó al negro en actitud totalmente amenazante, a lo que este respondió alzando la botella de cerveza sobre su cabeza y conminando al blanco a que no se acercara. En esto, salió el dueño del bar, que había presenciado el conato de pelea desde el interior, y ¿a quien creéis que echó con cajas destempladas? ¿Al agresor o al agredido? Como podéis suponer, esto último no era relevante, porque a quien echó fue al negro, con la amenaza de llamar a la policía. ¿Y que hice yo? ¿Me erigí en defensor de la justicia? Nooooo…. permanecí impasible durante toda la escena, e incluso tampoco tuve el valor de corregir al blanco agresor y al blanco dueño del bar cuando empezaron a gritar para que todos los vecinos lo escucharan ya esta bien de que los negros nos toquen los cojones… Yo (me) acuso de no luchar por la injusticia, de no hacer frente a la calumnia, de haber dejado que todos pensaran lo contrario de lo realmente sucedido…

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Este chico fue agredido en Lantarón, Álava, en julio de 2010. Por lo menos parece que este caso la justicia lo tuvo claro.

 

Y el tercer hecho ha ocurrido recientemente, una mañana en la que iba a trabajar en el tren; llegando ya a mi parada, un chico (blanco, posiblemente calé, otra forma fina de decir gitano) de unos 13 ó 14 años, empezó a pedir, uno a uno, a todos los viajeros presentes, algo para beber. Todos le decían que no, probablemente porque sería cierto; llegó a mi altura y le dije que no tenía, y a continuación se dirigió a la señora que tenía enfrente de mí: me sorprendió su respuesta, por la dureza. Al principio en valenciano, y a continuación en castellano, vino a decirle algo similar a déjame en paz, vete a tomar por culo… el chico no respondió a la provocación, y se dirigió entonces al chico que estaba a mi lado, el último que quedaba por preguntar, y negro para más señas; el chico sacó de su bolsa una lata de una bebida energética y se la entrego al pedigüeño… éste se quedó parado, y le preguntó si se la daba de verdad, y el negro le dijo que sí. Y segundos después el negro se bajó en su parada, mientras el gitano se iba al medio del tren a buscar a su colega y decirle, con bastante sorpresa por su parte, que aquel individuo le había dado algo para beber.

Bueno, y aquí, ¿de que me acuso? Tuve un comportamiento correcto con el mendigo… ¿entonces?

Pues, entonces, yo (me) acuso de no haber prorrumpido en aplausos hacia un negro tan solidario, y en reproches certeros a una blanca tan insolidaria.

Pero bueno, eso es lo que me ha permitido descubrir cual es mi realidad personal: soy un cobarde, un genuino y auténtico cobarde…

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Fuente: http://akifrases.com/frase/110922

 

Postdata: aunque no lo parezca, el artículo tiene un tono positivo. El reconocer que no somos perfectos también conlleva el deseo de mejorar. Así que en estos momentos, puedo reconocer que soy un cobarde, pero eso, aunque sea a base de pequeños pasos, puede cambiar… y por supuesto, ¡lo voy a cambiar!

Canción de Celtas Cortos en la que se habla de eso, de que lo voy a cambiar. 

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