Necesitamos un nuevo gran pacto en Europa

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El símbolo del euro, ante la sede del BCE en Fráncfort. / MAURITZ ANTIN (EFE), publicado en el diario El País el 6 de abril de 2014. 

El pasado día 6 de abril (es decir, hace ya 7 meses) se publicó en el madrileño diario El País un artículo de Loukas Tsoukalis, profesor de integración europea en la Universidad de Atenas y profesor visitante en el King’s College de Londres y el Colegio de Europa de Brujas. A pesar del tiempo pasado desde su publicación, el contenido del mismo sigue siendo de plena actualidad: se incide en cuatro cuestiones claves, como son el hecho de haber creado la eurozona sin los medios necesarios para hacerla viable a largo plazo, la escasa visión estratégica de los líderes europeos, que el crecimiento no será posible si no se refuerza la dimensión económica de la Unión, y que la actual estrategia conservadora, basada en las enseñanzas de la Escuela de Chicago, no ofrece ninguna respuesta aceptable a los que más han perdido con la crisis. Es curioso que tenga que ser Europa la que sea el laboratorio de las enseñanzas de los neoliberales de la economía, mientras Estados Unidos, país en el que realmente se preocupan por el paro, sigue aplicando políticas keynesianas.

A continuación, un extracto del artículo…

La creación del euro fue el paso más audaz hacia la integración, y el motor que la impulsó no fue económico sino político. Hoy resulta evidente que los europeos deseaban la unión monetaria pero no construyeron los medios para hacer que fuera viable a largo plazo. En ese sentido, el euro fue un error terrible, cuyas consecuencias estamos pagando todos. Hubo un problema de diseño, pero también la mala suerte de que la primera prueba seria llegara con la mayor crisis financiera internacional desde 1929 (…) y puso de relieve las limitaciones del poder político contra una economía sin fronteras que suele ser la que dicta las normas.

La desaparición del euro habría tenido unas repercusiones económicas y políticas incalculables, dentro y fuera de la unión monetaria. Y para evitarla se han producido muchas cosas “impensables”. Sin embargo, el ajuste ha sido más doloroso y más prolongado en la eurozona que en cualquier otro lugar. Los líderes políticos europeos han tratado de ganar tiempo y han demostrado un fuerte instinto de supervivencia cada vez que llegaban al borde del precipicio, pero escasa visión estratégica.

¿Quién paga la factura para que podamos salir de la crisis? Europa se ha dividido entre acreedores y deudores, y entre los países del euro y los demás. Dentro de cada país también hay divisiones profundas, a medida que aumentan las desigualdades y crece la desconexión entre la política y la sociedad. La austeridad impuesta a los países endeudados ha tenido efectos devastadores: las rentas se han reducido de manera considerable y el desempleo se ha disparado, sobre todo entre los jóvenes, con la consiguiente y temible perspectiva de que vamos a tener una generación perdida. Claro que hay que reconocer que esos países habían vivido demasiado tiempo de prestado.

Algunos creen o desean creer que ya ha pasado lo peor. (…) Otros son menos optimistas. (…)

Alemania se ha convertido en el país imprescindible y el prestamista de último recurso, y la canciller Merkel es la líder indiscutible de la Europa en crisis. (…) Pero la experiencia histórica hace pensar que quizá no pueda seguir siendo viable mucho más tiempo, mientras la unión monetaria no adquiera también una base fiscal y una base política legítima sobre la que apoyarse.

(…) El apoyo público al euro no se debe a un aprecio genuino por la moneda única, sobre todo en el sur. Se debe más bien al miedo que inspira la alternativa.

Europa necesita un nuevo gran pacto para deshacer este nudo gordiano. (…) Las reformas estructurales y el objetivo de la consolidación fiscal a largo plazo deben ir acompañados cuanto antes de unas medidas que impulsen la demanda y estimulen el crecimiento. Sin unas soluciones creíbles a los problemas de la deuda y la recapitalización bancaria, sin un programa claro para reforzar la dimensión económica de la unión económica y monetaria, las perspectivas para el crecimiento y el euro serán inciertas e incluso sombrías.

Asimismo, el proyecto europeo debe tener más en cuenta las necesidades de los que más han perdido durante la larga transformación económica que culminó en la gran crisis de los últimos años. Y la agenda conservadora actual de Europa no puede ofrecer una respuesta adecuada. Si no cambia, los partidos antisistema y los movimientos de protesta seguirán floreciendo, junto al nacionalismo y el populismo.

En su estado actual, la gobernanza del euro no es ni eficaz ni legítima. Necesita nuevos instrumentos políticos, instituciones comunes más fuertes, mayor responsabilidad democrática y un ejecutivo capaz de actuar con poderes discrecionales. (…)

Y todos estos cambios deberían desembocar en un nuevo tratado que pueda superar la prueba de la democracia en los Estados miembros, con la condición de que ningún país pueda impedir que otros sigan adelante y de que se ofrezca a cada parlamento nacional —o a los ciudadanos, en caso de que se convoque un referéndum—, una opción clara e inequívoca, de irse o quedarse. Bajo el techo general de la UE debe haber sitio para los países que no se sientan listos para dar el salto político, siempre que acepten que no puede haber derechos sin obligaciones.

Si mantenemos las políticas actuales, seguiremos teniendo una Europa débil, llena de divisiones internas y encerrada en sí misma: un continente envejecido y decadente, cada vez más irrelevante en un mundo que cambia a toda velocidad y rodeado de unos vecinos pobres e inestables. El reto no consiste solo en salvar la moneda común. Tenemos que poder gestionar de manera más eficaz la interdependencia, contener los mercados, crear las condiciones para un desarrollo sostenible y unas sociedades más cohesionadas, fortalecer la democracia y hacer que la integración vuelva a ser algo en lo que todos salen ganando. Una tarea difícil, sin duda, pero también una meta por la que merece la pena esforzarse.

Enlace al artículo en El País:  Necesitamos un nuevo pacto en Europa.

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