Así pasen cien años: Amelia Valcárcel: “Me gustaría decir que la desigualdad está solucionada”

En un artículo publicado en El País Semanal el 3 de julio del presente año, Amelia Valcárcel, catedrática de Filosofía Moral y Política de la UNED, concede una entrevista en la que habla de varios temas, en general relacionados con la igualdad entre mujeres y hombres; la entrevista es muy extensa y la puedes consultar en el enlace que hay al final de este artículo, pero entresaco los párrafos que más me han impresionado (no están por orden cronológico, sino que los he agrupado por temas):

Amelia Valcárcel

Amelia Valcárcel. Gorka Lejarcegi. Fuente: El País Semanal

Sobre la igualdad.

(…) El camino hacia la igualdad, al menos en las democracias, es imparable. Y lo es porque, dentro de nuestras sociedades, la paridad se vuelve un objetivo irrenunciable en el sentido de que, si tenemos a las mujeres ocupando por ejemplo el 60% de la enseñanza superior, ¿cómo impedir que estén en la mitad de los sitios, puesto que tienen la formación precisa para ello? Pero cuidado, que las mujeres logren una sociedad paritaria que tenga en cuenta sus espacios de libertad y les permita vivir como individuas depende de si la democracia, como sistema completo de valores, es un éxito. De no serlo, volveremos a un estado de desigualdad como desgraciadamente todavía existe en muchos lugares. Solo hace falta cruzar el mar y nos los encontramos.

(…) Si estamos hablando de la capacidad de las mujeres de ser individuos, hay algo que está ocurriendo ahora, que es determinante y que te demuestra ese cambio: la bajada de la natalidad. Cuando en una sociedad las mujeres advienen a un cierto tipo o grado de libertad, la natalidad baja. Y eso está ocurriendo, además, en todo el planeta –con alguna excepción, como Yemen– y con todo tipo de Estados. Creo que es lo más extravagante que está ocurriendo en este momento. El planeta está ocupado por sociedades que tienen ideas muy diversas sobre lo que las mujeres son y tienen que hacer, incluso sobre el aborto o los anticonceptivos, pero el hecho incontestable es que las mujeres en todo el planeta, sin ponerse de acuerdo, están teniendo menos hijos. Y ese dato resulta muy significativo de la nueva capacidad de la mujer de ser sujeto…

(…) Estoy segura de que en dos décadas ya se habrán equilibrado esas cifras entre hombres y mujeres. Es evidente que significará un gran cambio en el mundo laboral, así que imagínese dentro de un siglo… Elena Salgado [ingeniera industrial, exvicepresidenta del Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero] me transmitió esta anécdota que es muy buena. Ella era la única mujer en las clases, y varios de sus profesores, de un modo indefectible, una vez que escribían algo en la pizarra decían: “¿Entendido?”. Y la clase decía: “Sí”. Y seguidamente preguntaban: “Y usted, señorita, ¿también lo ha entendido?”.

Sobre las religiones.

Las religiones son –y no es una frase mía– el saber acumulado de la humanidad durante tiempos en los que no era posible otra acumulación del saber. Transmiten un tipo de conocimiento sumamente antiguo y también sumamente esclerotizado. Y en ese saber la jerarquía viril ocupa un puesto muy importante. Es imposible de cambiar, porque es la manera en que la inercia hace que la sociedad se reproduzca bien, sin mayores cambios ni momentos incontrolables.

(…) El islamismo está en este momento en una posición de resistencia tan fuerte que las personas que son musulmanas y moderadas no se atreven a expresar una opinión. Nadie esperaba que la novedad del siglo XXI fueran las guerras de religión. Pero incluso en países musulmanes estrictísimos, como Irán, que, aunque es un país que todavía no he podido estudiar, tengo bastantes noticias, por lecturas o por personas iraníes a las que conozco, están ocurriendo muchas cosas. Tienen un problema con la presencia de las mujeres en la Universidad. ¿Qué han hecho? Cerrarles, prohibirles determinadas carreras. Entre otras cosas no pueden estudiar inglés. Por lo visto es muy pecaminoso. Cosas así. Bueno, yo me comunico por Facebook con decenas de chicas iraníes que tienen un inglés mucho mejor que el mío. La fuerza de la mujer como “yo tengo derecho a una vida distinta” no se puede parar de ninguna forma.

(…) La idea de tolerancia fue desarrollada en Europa y a partir del siglo XVII para que se entendieran entre sí las confesiones cristianas diferentes, que solían ser terriblemente violentas. Ahora la idea de tolerancia hay que aplicarla a sociedades que tienen doctrinas religiosas diferentes. Pero me temo que si no hay un suelo común de creencias morales compartidas, previas y superiores a las religiosas, no hay manera. Lo primero es que todo el mundo esté de acuerdo en la tabla de mínimos y que estos sean los derechos humanos y los derechos individuales de las mujeres. Y si eso realmente no ocurre, no puedes aplicar la tolerancia.

(…) Es un problema gravísimo. Lo que no puede soportar una democracia es un tipo de identidad que se resiste a la asimilación. Que una persona prefiera vivir aquí porque tiene condiciones de habitabilidad mayores y no quiera comprender que las tiene porque hemos roto grandes normas que él o ella se obstinan sin embargo en mantener no es aceptable. Escapas de tu sociedad porque es inhabitable y la quieres reproducir en otra parte.

(La solución es la) Educación.

(…) No (hay que permitir el hiyab en las escuelas), yo creo que en esto hay que seguir a Francia, que tiene más… No cabe ser originales en cosas que están bien probadas en otras partes. Si tú dejas proliferar determinados signos ­diciendo que son religiosos y en realidad solo apuntan al sometimiento y a la honestidad de las mujeres, no puedes decir seriamente que eso sea un signo religioso y no puedes tratarlo con el argumento de la tolerancia. No hay que ceder ante un padre que va en vaqueros y camiseta, pero su hija, con hiyab.

Sobre la violencia contra las mujeres.

Los seres humanos somos violentos, partamos de algo compartido. Tenemos una agresividad, tenemos adrenalina y la violencia nos sirve también para marcar el territorio, y la individualidad no puede prescindir nunca del todo de marcar la frontera y de una cierta agresividad. Está ahí. Hemos domado lo más que hemos podido la agresividad. Aun así, ¿qué es lo más repugnante de ese tipo de violencia? La diferencia de fuerza. Es decir, que alguien realmente ataca a otro porque el otro no puede defenderse. Entonces, eso, aparte de todo, es una canallada en sí. Dar golpes a una mujer que no te los puede devolver es como pegar a un niño. La gente que hace esas cosas, maltrata a niños o a mujeres, no es gente… Son hediondos. La pregunta es, ¿va a seguir habiendo personas hediondas sobre la tierra?

La cuestión que deberíamos plantearnos es si habrá tolerancia social hacia ella. Y la respuesta, sin duda, es no. Cada vez menos. Esa violencia hace años simplemente no tenía ni el nombre de violencia. Era el modo de ser normal de las cosas. Ya estaba. Y sigue siéndolo en muchos sitios, donde golpear a la mujer propia es una actividad digamos de gimnasia matutina. Tú, según te levantas, le sacudes un poco, por aquello de “pega a tu mujer todas las mañanas, porque, aunque tú no sepas por qué, ella sí lo sabe”. O la expresión que usó también Miguel Lorente: “Mi marido me pega lo normal”. Un horror.

Sobre el aborto.

El aborto es una de las cosas que más nos ha costado legislar. Fíjese que en América Latina, por ejemplo, solo está legalizado en Uruguay, en el Distrito Federal de México, en Puerto Rico y en Cuba. Yo creo firmemente que las leyes de plazos son las mejores leyes. Y en cien años se impondrán, sí… Porque si no se consigue, bueno, se impondrá lo evidente, al igual que se han alcanzado técnicamente todas las píldoras del día después y otras cosas parecidas. ¿Cuánto tiempo van a ignorar las leyes esas evidencias? Yo lo que creo es que dentro de cien años la mayor parte de los países tendrá leyes de plazo, pero la cantidad total de abortos habrá disminuido.

Sobre la prostitución.
Reglamentar la prostitución es una atrocidad. Así, directamente, una atrocidad. La prostitución ha estado regulada siempre, desde que el mundo es mundo. Normalizada, sometida a abusos, sujeta a impuestos. ¿Qué se logró en el siglo XX? Desreglamentarla. Recordemos el discurso de John Stuart Mill cuando se presenta en el Parlamento británico la idea de que las prostitutas tienen que someterse a revisiones. Stuart Mill pregunta: “¿Se va a someter a revisión a los que las compran? Porque pueden estar enfermos”. “No, solo a ellas”, le contestan. Entonces, no, respondió. Volver a regularla sería una atrocidad. Y toda la gente que habla de legalizar la prostitución, en realidad habla de reglamentar la prostitución. El problema es: si alguien quiere comprar sexo, ¿hay que facilitárselo? ¿Comprar sexo es una buena actividad en sí misma? ¿Tiene que haber, en fin, un libro de reclamaciones? Francamente, no. ¿Qué es lo que muchos varones van a buscar en la prostitución? Si lo dicen ellos mismos. Aquí no hay que investigar tanto a las mujeres que se prostituyen, sino a los varones que compran para saber qué quieren. Siempre se les ha preguntado a ellas. Hay que preguntarles a ellos: “Cuando vas, ¿qué buscas?”. Esas investigaciones acaban de empezar. Y, por cierto, dan resultados muy interesantes.

(…) Pues aparece que lo que van buscando es estigma. No van buscando sexo, van buscando la ilusión del estigma, la ilusión de la sumisión, la ilusión de la absoluta disponibilidad. Justamente lo que no tienen en la vida real. Pudiera significar algo tan curioso como que cuanto más libre te veo, en algunas cabezas, más sumisa te deseo.

Enlace a El País SemanalAsí pasen cien años: Amelia Valcárcel: “Me gustaría decir que la desigualdad está solucionada”.

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