¡Larga vida a Schengen!

Jacques Delors, presidente de la Comisión Europea entre 1985 y 1994 (y para mí, el mejor presidente que ha tenido la Unión en toda su historia), junto con António Vitorino, comisario de Justicia e interior entre 1999 y 2004, firman un artículo en el madrileño diario El País (ya sabéis, para mí el más europeista de los diarios que leo) en el que aclaran  que la crisis de los refugiados no puede ser la excusa para el recorte de las libertades que los gobiernos estatales pretenden realizar a la libre circulación de los ciudadanos europeos; yo, en este caso, siempre me pregunto porque se ponen controles en las fronteras estatales, y no en las regionales, o en las comarcales, o en las locales (bueno, hay quien se empeña en ponerlas, véase Escocia, Flandes o Catalunya…). Los autores dan respuesta a esta pregunta en el artículo, pero sobre todo, quitan la justificación que intentan dar los Gobiernos estatales sobre la necesidad de reinstalar las fronteras internas. Pos su gran interés, reproduzco el artículo íntegramente a continuación.

¡Larga vida a Schengen!

Los refugiados son víctimas, no una amenaza. Dar ahora un paso atrás en el convenio de libre circulación sería un grave perjuicio para los ciudadanos y las empresas. No debemos caer en la tentación de volver a las fronteras nacionales.

La llegada masiva de personas en busca de asilo a la Unión Europea ha dado pie a una magnífica exhibición de solidaridad hacia los refugiados y entre los Estados miembros, pero al mismo tiempo ha suscitado grandes preguntas sobre nuestra capacidad de garantizar una auténtica vigilancia de las que hoy son nuestras fronteras comunes.

Pues bien, pedimos a los jefes de Estado y de Gobierno de la UE que afronten esta oleada sin precedentes a partir de una visión política clara: los refugiados no son ninguna amenaza, sino que son víctimas, y los ciudadanos europeos son lo suficientemente fuertes como para soportar a largo plazo el reto de recibirlos e integrarlos. Pedimos también a los jefes de Estado y de Gobierno que ofrezcan su ayuda a los países que están dando hoy acogida a la mayoría de los refugiados sirios (Turquía, Jordania y Líbano), con el fin de posibilitar que los desplazados puedan permanecer en su región de origen. Asimismo les pedimos que refuercen la vigilancia de nuestras fronteras: en concreto, que intensifiquen la lucha contra los traficantes de personas y el crimen organizado y hagan todo lo posible para mejorar el intercambio de información entre los distintos servicios de policía e inteligencia.

Para ello, los jefes de Estado y de Gobierno de la UE tienen la suerte de contar con numerosos instrumentos de cooperación policial y judicial de ámbito europeo (el Sistema de Información de Schengen, Europol, Frontex, la Oficina Europea de Apoyo al Asilo y otros), que necesitan utilizar y diversificar para hacer frente a la crisis. Es fundamental que movilicen dichos instrumentos, tanto por motivos de eficacia (un país que actúe por su cuenta no puede hacer nada) como para fomentar la confianza recíproca entre los Estados miembros. Todos ellos deben tener la convicción de que ninguno está incumpliendo su deber de vigilar nuestras fronteras comunes. Ese es el espíritu que anima la reciente creación de los centros europeos para la identificación y clasificación de los refugiados (puntos calientes) en Grecia e Italia. Debemos mostrarnos solidarios con estos países; por generosidad, sin duda, pero también para poder recuperar el control de la situación en nuestras fronteras. Además, debemos ampliar sin más tardar esta serie de medidas de europeización, mediante el establecimiento de un servicio europeo de guardacostas y un cuerpo europeo de guardias de fronteras, la realización de operaciones marítimas bajo la bandera de Naciones Unidas, el refuerzo de Frontex, con la inclusión entre sus competencias de procedimientos para la expulsión de inmigrantes ilegales, la creación de rutas europeas para la inmigración legal, etcétera.

Si bien es cierto que las reglas de Schengen autorizan el restablecimiento provisional de la vigilancia de las fronteras nacionales en caso de crisis, a nadie le interesa que una situación así se prolongue, dados los costes económicos y financieros tan desorbitados que entraña. El regreso a las fronteras nacionales puede ser quizá una opción, ¡pero desde luego no es la solución! El Acuerdo de Schengen se firmó hace 30 años, y se amplió con posterioridad hasta beneficiar a 400 millones de europeos, precisamente para permitir que los conductores de camiones, los trabajadores fronterizos y las empresas que exportan sus productos a toda Europa dejaran de perder tiempo; porque, como todo el mundo sabe, el tiempo es oro. Los puestos fijos de vigilancia de fronteras, caros y falsamente tranquilizadores, se sustituyeron por controles móviles, el desarrollo de la cooperación policial a escala europea y el refuerzo de la vigilancia de las fronteras externas para mejorar la eficacia de nuestros guardias de aduanas y nuestros agentes de policía. Dar ahora un paso atrás equivaldría a perder de vista lo esencial en medio de la confusión. Puesto que es evidente que todos los europeos —trabajadores, pequeñas y medianas empresas, contribuyentes, y así sucesivamente— saldrían perdiendo con la medida, ¿quién saldría ganando?

Además de todo esto, es necesario hacer pleno uso de la herramienta Schengen para estar en mejor disposición de hacer frente a la amenaza del terrorismo. Debemos recordar que el propósito de la inmensa mayoría de los 141 artículos del convenio que regula la aplicación del Acuerdo de Schengen es organizar la cooperación policial y judicial entre las autoridades nacionales de los Estados miembros, una forma de cooperación tan útil que incluso países no firmantes del acuerdo, como Reino Unido, han decidido sumarse a ella. Schengen significa al mismo tiempo más libertad y más seguridad, dos aspectos en los que es necesario progresar y que hay que consolidar de manera paralela.

Es innegable que la reacción emocional ante un atentado terrorista reaviva una necesidad de seguridad que puede cristalizar en forma de una vuelta al control de las fronteras nacionales, debido a la importancia que tienen dichas fronteras en nuestra imaginación colectiva. Pero la manera más eficaz de satisfacer ese deseo de seguridad es actuar en el marco del espacio Schengen. Muchas veces, tanto en Europa como en otros lugares, los atentados terroristas son obra de ciudadanos locales, pero también tienen raíces internacionales y, por consiguiente, requieren respuestas a escala europea e internacional. Los terroristas son con frecuencia personas conocidas para la policía, el sistema legal y los servicios de inteligencia, por lo que podremos combatir mejor el terrorismo si dedicamos más recursos legales, humanos y económicos a esos servicios y a poner en marcha medidas como la adopción de un RNP (Registro de Nombre de Pasajeros) europeo, en lugar de despilfarrarlos de forma más estéril en la vigilancia de las fronteras internas dentro del espacio Schengen y en el control innecesario de los cientos de millones de ciudadanos europeos que las cruzan cada mes. Schengen es un requisito imprescindible para nuestra seguridad: para derrotar al terrorismo, debemos ser conscientes de que nuestra fuerza reside en la unidad y la desunión nos deja indefensos.

Ante las crisis internacionales debemos salvaguardar y ampliar Schengen y no caer en la peligrosa tentación de volver a las fronteras nacionales, un paso que perjudicaría a los ciudadanos europeos y no reforzaría de ninguna manera su seguridad. Ante los nuevos desafíos, debemos estar más unidos y mantener un espíritu de cooperación y solidaridad, para que Schengen siga vigente. ¡Larga vida a Schengen!

Enlace al artículo en El País¡Larga vida a Schengen!

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