“Espero que algún día podáis odiarme un poquito menos”

Tras publicar el artículo anterior, y dentro de una pequeña rutina que tengo para irme a la cama, he abierto el Facebook para ver las últimas novedades de la gente que sigo; habitualmente, esa lectura es relajante, y ayuda a desconectar de los problemas diarios (que los hay)…

Pero hoy, no sé si podré irme muy relajado a la cama… tal ha sido el impacto de un artículo que he leído en el Blog de Catherine L’Ecuyer, tras su publicación en el muro de mi amigo Fernando… el artículo fue publicado el día 16 del presente mes, y habla de un niño, Diego González, que se suicidó el día anterior tirándose por una ventana, dejando un mensaje realmente impresionante… aunque mi amigo dice si te consideras educador, por favor lee esto, entiendo que esto debiera leerlo cualquier persona de bien, porque es tremendo que un niño de 11 años sólo encuentre solución al acoso quitándose la vida… ¿que sociedad estamos dejando de herencia a nuestros hijos..?

“Espero que algún día podáis odiarme un poquito menos”: Acoso escolar, empatía y sensibilidad

Esas fueron las últimas palabras de un niño de 11 años que se arrojó ayer al vacío desde la ventana de su casa.

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“Papá, mamá, estos 11 años que llevo con vosotros han sido muy buenos y nunca los olvidaré como nunca os olvidaré a vosotros. Papá, tú me has enseñado a ser buena persona y a cumplir las promesas, además, has jugado muchísimo conmigo. Mamá, tú me has cuidado muchísimo y me has llevado a muchos sitios. Los dos sois increíbles pero juntos sois los mejores padres del mundo. Tata, tú has aguantado muchas cosas por mí y por papá, te estoy muy agradecido y te quiero mucho. Abuelo, tú siempre has sido muy generoso conmigo y te has preocupado por mí. Te quiero mucho. Lolo, tú me has ayudado mucho con mis deberes y me has tratado bien. Te deseo suerte para que puedas ver a Eli.

Os digo esto porque yo no aguanto ir al colegio y no hay otra manera para no ir. Por favor espero que algún día podáis odiarme un poquito menos.

Os pido que no os separéis papá y mamá, sólo viéndoos juntos y felices yo seré feliz. Os echaré de menos y espero que un día podamos volver a vernos en el cielo.Bueno, me despido para siempre. Ah, una cosa, espero que encuentres trabajo muy pronto Tata.

Diego González”

¿Qué ocurre en la cabeza de un niño, o de cualquier persona, que sufre acoso, calumnias, indiferencia, que recibe a diario miradas de sospechas y de odio por parte de las personas de su entorno?

Algunos transforman el odio en rencor, en venganza, y se convierten en seres amargados y violentos. No fue el caso de Diego, que solo tuvo palabras amables al despedirse. Otros, quizás por falta de recursos, se desesperan y no ven salida. ¿Qué hace una persona cuando acaba de llorar todas las lágrimas de su cuerpo y no tiene a nadie que pueda recogerlas y ayudarla a dar sentido a lo que está viviendo, a ver aunque sea la sombra de una esperanza, a perdonar? ¿Es posible que un niño sea tan cruel como para conseguir que otro caiga en la desesperación hasta tirarse al vacío? ¿Puede un niño de 5, 10, 12 años resistir a las calumnias, a la indiferencia, al odio día tras día, sin que nadie le presta atención y comparta el peso de su sufrimiento? ¿Podríamos nosotros?

Decía Simone Weil, “Los seres humanos están hechos de tal forma que los que estrujan a los demás no sienten nada; son las personas estrujadas quienes sienten lo que está ocurriendo. A no ser que una persona se hay a pasado al lado del estrujado, para sentir con él, no podrá entender”.

“Sentir con”. Algo tan importante, y tan escaso… “La insensibilidad casi siempre acaba con la frivolidad, y últimamente con la banalidad del mal. Como dice el filósofo, también director de orquestra, Iñigo Pírfano, “el problema más grave es que no se es consciente de la gravedad del problema: esa es la esencia de la frivolidad”. Y eso no ocurre necesariamente con las personas que han escogido el mal como opción vital, resulta casi imposible imaginar que esas personas existan, sino con las que, por querer casarse con todas las posturas posibles, acaban banalizándolas. Al mal como al bien. A la mentira como a la verdad. Al feísimo como a la belleza. Porque la falta de sensibilidad impide que se entre en sintonía con el bien, la verdad y la bondad. Esa es la fuente del mal que realmente hace daño en la educación, porque se banaliza prácticamente todo y, por lo tanto, no se calibra la realidad tal como es. No se banaliza la violencia machista, pero sí el machismo. No se banaliza el homicidio, pero sí la violencia. No se banaliza la crueldad del acoso escolar, pero sí la falta de empatía y de compasión en los patios. No se banaliza la pedofilia, pero sí la pérdida de la inocencia de los niños.” (Educar en la realidad)

Por lo tanto, un educador que carece de sensibilidad no sería educador, a pesar de dedicarse a ello a tiempo completo y con la mejor de las intenciones. Y un niño que carece de sensibilidad puede, sin darse cuenta o tener culpa por ello, ser causa de multitud de males para sí mismo y para los demás.

La empatía, el “sentir con”… Una cualidad que, ojalá, sepamos encarnar y transmitir a nuestros hijos. Quien es sensible sabe ponerse en el lugar del otro, entiende el dolor y el peso insoportable que provocan las calumnias y el odio. El empático es consuelo, nunca tortura con palabras mezquinas. Soporta el dolor con el otro, prestándole atención paciente.

Queridísimo Diego, nosotros no podemos juzgar a nadie porque no sabemos. Pero eso sí, te podemos pedir perdón. Simone Weil decía que “la capacidad de dar la propia atención a quien sufre es algo muy raro y difícil; es casi un milagro; es un milagro. Casi todos los que creen que tienen esta capacidad no la poseen.” Quizás por ese milagro pediste cuando te despediste: “Espero que algún día podáis odiarme un poquito menos”. Diego, vamos a pedir contigo por ese milagro ahora. Que todos los educadores y compañeros tengan la sensibilidad para percibir, y nunca banalizar, el dolor que sienten los que padecen acoso escolar, calumnias, indiferencia y odio. Que sepan sentir con ellos hasta llegar a decir: ¡Cuánto duele! Pedimos, para unos y otros, el milagro de esa atención, que es el verdadero barómetro del amor.

Enlace al blog de Catherine L’Ecuver: “Espero que algún día podáis odiarme un poquito menos”: Acoso escolar, empatía y sensibilidad

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