Brexit, Spexit, Catexit

A continuación, un artículo de John Carlin publicado el 29 de febrero (sí, justamente en ese día que sólo se da cada 4 años) en el diario El País que, bajo el ejemplo de la actuación de los votantes en el previsto referéndum sobre la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea, da una buena muestra de cual es el comportamiento real de los votantes, no sólo en este caso, sino en la mayoría de ocasiones en que ejercemos nuestro voto: nuestro comportamiento real tiene que ver con el miedo…

Recuerdo aquella campaña electoral en que Felipe González pretendió meter el miedo en el cuerpo a los pensionistas, diciendo que si ganaba Aznar iban a perder sus pensiones (y aunque Aznar logró neutralizarlo, se demostró que no andaba muy desencaminado posteriormente), o la frase de Aznar en otra campaña en la que azuza el miedo a la llegada de los comunistas… O la utilización partidista y torticera que se ha hecho en esta mi Comunidad / Reino con una única frase… no mos fareu catalans… (invocando el miedo a perder la propia identidad)… o el miedo que ahora se emplea en Catalunya con el mensaje Espanya ens roba (azuzando el miedo a la pobreza)…

Por ello, y acertadamente, nos viene a decir en este artículo que los que tienen su voto decidido de antemano ya no hacen el esfuerzo de analizar los pros y contras, dado que no van a cambiar el sentido de su voto por mucho que oigan argumentos en contra (confirmando que nuestro cerebro tiende a simplificar la realidad para minimizar su consumo de energía); pero entre los indecisos, que son la gran mayoría, nadie se detiene a analizar de forma objetiva la realidad, dado que para ello hace falta un gran esfuerzo mental (que requiere mucho consumo energético, no lo olvidemos) y es más sencillo dejarse guiar por los mensajes primarios que más nos asusten… los mensajes del miedo… por ello los políticos (en cualquier lugar) recurren a ellos con tanta facilidad…

A continuación, el artículo…

Brexit, Spexit, Catexit

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“No hay nada que temer más que el miedo mismo”.
Franklin Delano Roosevelt

Por una cuestión de amor propio colectivo, partiendo quizá de la necesidad de tener fe en la civilización occidental a la que pertenecemos, solemos ser cómplices de la misma ficción: que en nuestras democracias votamos en función más de nuestras facultades racionales que de nuestros instintos, impulsos, prejuicios o emociones. El miedo, por ejemplo.

Un ejemplo lo ofrece el referéndum que se celebrará el 23 de junio sobre la permanencia de Gran Bretaña en la Unión Europea. La mayoría sabemos de antemano cómo vamos a votar. Yo, por ejemplo, y por razones que poco tienen que ver con la razón y casi todo con quiénes fueron mis padres, o cómo piensan mis amigos, o mi pasión por el jamón ibérico, formo parte del núcleo duro que votará en contra del Brexit. El único argumento que me haría dudar sería una pistola a la cabeza a la hora de marcar mi papelito ante la urna. Los nacionalistas que ya han decidido que votarán a favor de salir de la Unión lo verán igual de claro. Presos de la nostalgia imperial, incapaces de aceptar que la tierra de Nelson y Wellington y la reina Victoria no volverá a ser lo que fue, son tan poco receptivos a la idea de ceder parte de su identidad al continente europeo como lo sería el gran muftí de Arabia Saudí ante la proposición de que Alá no existe.

El resultado del referéndum británico, como suele ocurrir en las elecciones, estará en las manos de los indecisos. Se les bombardeará con argumentos durante los siguientes cuatro largos meses, pero ellos decidirán en función de la respuesta que elijan dar a una pregunta tan sencilla como elemental: ¿Cuál de las dos opciones será peor para mi bolsillo?

El problema, como le sugerí a un antiguo parlamentario laborista durante una comida en Londres la semana pasada, es que solo el 1% de los votantes tiene un mínimo manejo de los datos necesarios para poder arriesgar una respuesta mínimamente seria a esta cuestión. “¿El 1%?”, me respondió, atónito, el antiguo parlamentario. “No, no. Usted exagera. Es mucho menos que el 1%”.

No lo dijo como un insulto a sus compatriotas. El antiguo parlamentario agregó rápidamente que él, tan ciegamente comprometido como yo con el proyecto europeo, no tenía ninguna claridad en cuanto a las matemáticas del asunto; le reconocí que yo tampoco. En el caso muy hipotético de que se celebrase un referéndum similar en España, un voto a favor o en contra del Spexit, una proporción igual de ínfima de los votantes sabría argumentar con los números a mano cuál de las dos opciones sería más favorable para la economía española. En el caso menos inimaginable de un voto sobre el Catexit, lo mismo: muy pocos podrían poner la mano en el corazón y jurar que sabrían con certeza absoluta las consecuencias económicas para los catalanes si Cataluña se independizara de España.

Mienten los británicos que dicen saber a ciencia cierta cuál sería el impacto económico de salir o quedarse dentro de la Unión Europea. O se engañan a sí mismos. Se creen lo que quieren creer; interpretan los datos en función de sus ideas fijas. Todos lo hacemos, claro, en todas las ramas de la vida, desde el amor, al fútbol, a la política.

La cuestión en este referéndum va a ser cómo convencer a los que tienen las ideas menos fijas. Se les propondrá —ya lo estamos viendo— todo tipo de argumentos: que si la soberanía nacional, que si la paz en el continente, que si los refugiados musulmanes, que si los inmigrantes europeos. Pero al final todo dependerá de cuál de los dos bandos es capaz de apelar con más efectividad al instinto de supervivencia más básico de la especie, el miedo; concretamente, el miedo a perder dinero.

El Proyecto Miedo

Ya se ha demostrado lo bien que funciona la táctica en las dos últimas elecciones celebradas en Reino Unido. En el referéndum escocés de 2014 ganó el no a la independencia debido al temor de la mayoría a ser más pobre si se separaba de Inglaterra; en las elecciones generales del año pasado ganaron los tories porque los votantes no confiaban en la capacidad de los laboristas de gestionar bien la economía.

Hoy los políticos que quieren el Brexit acusan a sus rivales de haber montado una campaña que denominan Project Fear (Proyecto Miedo). Pero se les puede reprochar a ellos que hacen lo mismo. Los que están a favor de permanecer en la Unión dicen que salir tendría un impacto negativo sobre el comercio y la inversión; los otros dicen que seguir dentro de la Unión significaría desviar dinero del Tesoro público de los británicos a fontaneros polacos y sus hijos.

Como nadie (o solo el 1% para abajo) posee la información para poder calcular el balance entre las dos opciones, el resultado del referéndum dependerá de los respectivos líderes y su capacidad de convencer a los indecisos de que ellos sí saben. Las dos grandes figuras antagónicas serán el primer ministro, David Cameron (no al Brexit), y su correligionario tory, aspirante a sustituirlo como primer ministro, el alcalde de Londres, Boris Johnson (sí al Brexit). La cuestión decisiva será: ¿cuál de los dos logrará inspirar más temor en los ciudadanos?

Sí, habrá momentos de romanticismo durante la campaña. Cameron y los suyos nos dirán que seamos magnánimos y no mezquinos, que en la solidaridad reside la fuerza. Los del bando de Johnson, recurriendo a una variante del mensaje de Donald Trump, dirán: hagamos que nuestro país sea grande una vez más, recuperemos la soberanía perdida.

Pero será solo circo; gestos para la galería de los convencidos. A los que habrá que prestar atención seria será a los más dotados en el arte de meter miedo. Serán vilipendiados por cínicos, seguro. Pero ganarán.

Enlace al artículo en El País: Reino Unido: Brexit, Spexit, Catexit

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