Cartas desde Europa

Tiempos difíciles para la unidad europea; por primera vez, sí que veo posibilidades de que un proyecto tan ambicioso a la par que ilusionante se quede en agua de borrajas… y todo porque, al final, los nacionalismos estatales pesan muchísimo y los políticos buscan no perder a sus votantes, que actúan bajo la perspectiva del miedo a lo desconocido, pero sobre todo del miedo a empobrecerse… todo ello por la mal resuelta crisis de los refugiados sirios.

De este miedo hablaba el artículo que se publicó en el diario El País el pasado día 29 de febrero, y que yo mismo publiqué en este blog (Brexit, Spexit, Catexit)… pero ese mismo día también se publicó en el mismo diario otro artículo del director del diario de Zürich Tages Anzeiger, Arthur Rutishauer, dentro de la serie Cartas desde Europa (que publican conjuntamente varios diarios europeos) en el que incide sobre uno de los problemas que aquejan a la actual Unión Europea: la falta de legitimidad democrática. El artículo tiene como titular El miedo de la UE a la gente

Uno se acostumbra a todo, hasta a la crisis. Desde hace un año, los países europeos lo comprueban casi a diario. Primero era el dinero para Grecia; luego, las sucesivas oleadas de refugiados; y, para terminar, los deseos particulares de los británicos. (…)

Mientras que la crisis griega (aunque no esté ni mucho menos resuelta) ha desaparecido de los titulares por arte de magia, la de los refugiados y el temido Brexit todavía tienen para rato. En los dos casos, el quid es básicamente el mismo: el temor de los ciudadanos europeos a una “avalancha de extranjeros” provocada bien por los solicitantes de asilo, bien por la indeseada afluencia de extracomunitarios, sobre todo del este de Europa. La libre circulación de personas, ya sea en forma de “cultura de acogida” a los refugiados al estilo alemán, o de libre intercambio de mano de obra conforme la normativa de Bruselas, ha dejado de contar con un apoyo mayoritario en Europa. Antes bien, suscita temor entre la gente y desemboca en excesos xenófobos que ya se creían superados desde hace 70 años.

Parece como si la clase dirigente de las capitales de la vieja Europa occidental hubiese perdido prácticamente todo contacto con la realidad. De ahí el pánico actual al electorado. (…)

Pero, en lugar de escuchar a la gente y perseguir de una manera un poco más pragmática el sueño de una Europa unida, se presentan sin parar aparentes acuerdos que, en su mayoría, son papel mojado. Es el caso del reparto de 160.000 refugiados entre los países de la UE, que, sencillamente, no se ha traducido en hechos.(…)

A los tres proyectos —la pertenencia de Grecia al euro, la afluencia masiva de refugiados y la libre circulación de personas dentro de una UE en constante crecimiento— les falta la legitimación democrática. Es posible que el objetivo de los tres sea proporcionar beneficios mayores, pero cada uno por separado acarrea perjuicios a los ciudadanos en forma de costes, paro e inestabilidad social. ¿Y qué se puede hacer? Probablemente haya que hacer una pausa en el proceso de unificación europea. La política de lo factible y los beneficios claros para los ciudadanos tienen que volver a ser prioritarios. Seguramente se requiera una política de excepciones y de soluciones pragmáticas que transmita a los afectados la sensación de que se están tomando en serio sus preocupaciones, y no unos principios dictados por Bruselas que ya nadie quiere. Solo entonces la élite de la UE no tendrá que prepararse para una crisis cada vez que haya elecciones europeas, ya sea en Reino Unido, en Hungría o incluso en Suiza.

Y hoy, 7 de marzo, encuentro dos artículo más en el mismo diario, que reflexionan sobre el mismo tema; uno también pertenece a la serie Cartas desde Europa, y en esta ocasión lo escribe la editorialista jefa del diario belga Le Soir, Béatrice Delvaux, con el significativo título Suicidio del proyecto europeo, que reproduzco, por su interés, íntegramente:

Bloqueados en la frontera entre Grecia y Macedonia, varios centenares de emigrantes han intentado continuar su camino hacia Europa. Tras cargar contra el cordón policial griego, los refugiados iraquíes y sirios intentaron destruir las alambradas del puesto fronterizo con Macedonia. La policía macedonia respondió lanzando gases lacrimógenos. En las imágenes se veían hombres y mujeres. Se oían gritos de niños aterrados.

Esto ocurría hace algunos días en Europa. No lejos de nuestras fronteras, sino en nuestra casa. Bueno, lo que queda de ella, lo que algunos aún intentan salvar. Ya no son muy numerosos y puede que tampoco mayoritarios. En la cumbre Unión Europea-Turquía de hoy se van a contar. E incluso aunque las cuentas sean favorables este lunes para la cohesión europea, ahora sabemos lo que valen estos acuerdos: nada, puesto que unos cuantos se han burlado de ellos en Viena, definiendo su propia política y aplicándola inmediatamente para protegerse detrás de más alambradas. Y mala suerte para los demás. ¿Que apechuguen? ¿Y los griegos con ellos?

¿Es demasiado brutal? ¿Exagerado? Basta de moralinas, por favor. Hay que tener el valor de asumir las consecuencias de los actos que se llevan a cabo: el mensaje enviado a Grecia por quienes han cerrado la frontera macedonia y por todos los que apoyan esta decisión era sin duda este.

Siempre nos hemos preguntado qué habríamos hecho o dicho en los años treinta y cuarenta. Pues bien, ahora nos vemos obligados a responder. Hoy, en Europa, no se puede ser Merkel y Orbán, o se es uno o se es el otro, hay que escoger. Todos los dirigentes europeos lo están haciendo, y la historia recordará el camino que tomaron en esta encrucijada.

Así pues, ¿estamos de acuerdo en hacer de Grecia “no un país de tránsito, sino un país de llegada”, hasta que la presión sea tan fuerte que se vea obligada a ceder, como ha dicho un dirigente nacionalista? O, por el contrario, ¿estimamos, como le ha replicado el presidente de cierto partido liberal, que “no se juega al Stratego con la gente”? ¿Somos Merkel —“Cuando alguien cierra su frontera, el otro debe sufrir. Esa no es mi Europa”— u Orbán, que cierra unilateralmente sus fronteras? Austria, Macedonia, Croacia, Eslovenia y Serbia ya han escogido. ¿Y nosotros?

Ha llegado el momento de tomar partido: ¿qué Europa queremos? ¿La que piensa y actúa colectivamente, o la que piensa primero en los intereses particulares, aun a riesgo de dinamitar la construcción europea? ¿La que ve a los refugiados como invasores y quiere sobre todo protegerse de ellos, o la que quiere gestionar con humanidad este flujo? ¿La que desea gestionar la diversidad, o la que teme por su identidad cultural? ¿La que asume y explica a su población las soluciones de reparto de unos refugiados impopulares, o la que sigue la corriente a su pueblo? Hoy nadie puede mantenerse al margen.

Desde el campo de los “duros”, ridiculizan y cargan contra el campo de los “ingenuos”, cuya jefa de filas sería Angela Merkel. Es pura manipulación populista. No hay duros e ingenuos, hay dos concepciones de Europa que conllevan dos visiones de la moral y la civilización. La elección del “bando” no se corresponde con la dicotomía izquierda-derecha, atañe a la conciencia de cada cual, como vemos en los desgarros en el seno de partidos y familias.

En efecto, la “revelación” de Merkel ha sido tardía; durante meses, la canciller alemana también consideró que Lampedusa era problema de Italia. Pero la historia recordará que aun a riesgo de perder su popularidad y el poder, ahora mantiene el rumbo, y no porque tenga un “corazoncito sensible”, sino en nombre de los valores de esa Europa en la que cree: de la primacía de la acogida a aquellos que buscan refugio —“Wir Schaffen das”— a la defensa de una gestión compartida de los retos del mundo —“Mi maldito deber y mi obligación es que los europeos encuentren un camino juntos”—, pasando por la negativa a sacrificar a uno de sus miembros —“La responsabilidad de Alemania es que este problema se resuelva con todos los países y no a costa de un país”—.

En su biografía de Erasmo, Stefan Zweig dice: “En vez de escuchar las vanas pretensiones de los reyezuelos, de los sectarios y de los egoísmos nacionales, la misión del europeo es insistir siempre en lo que une a los pueblos, afirmar la preponderancia de lo europeo sobre lo nacional, de la humanidad sobre la patria”. Merkel no está en mala compañía.

Y por último, publicado como artículo de opinión, la visión de Bernard-Henri Levy sobre el asunto, en un artículo titulado Refugiados: SOS Europa.

Un país de la Unión Europea que llama a consulta a su embajador en otro país de la Unión Europea. Otro país, o el mismo, que, despreciando todas las reglas de solidaridad entre Estados miembros, se convierte en un vertedero de refugiados que, cuando esté lleno, terminará siendo un territorio de relegación, como las leproserías gigantes y aisladas de la Edad Media.

El espacio Schengen que vuela en pedazos.

Cumbres oficiales que suceden a otras cumbres oficiales y cuyas decisiones son puestas en solfa, como ocurrió la semana pasada en Austria, por unas subcumbres regionales, sin legitimidad, ilegales.

La ley del sálvese quien pueda y, por tanto, el riesgo de anarquía.

El retorno de los egoísmos nacionales y, por tanto, de la ley de la jungla, la auténtica, mucho más aterradora que la de Calais.

En resumen, lo que la llamada crisis de los refugiados está dinamitando no es otra cosa que Europa como tal.

Es el espíritu mismo del Viejo Continente que, abandonado al capricho de unos mandatarios sin rumbo, timoratos, entra en estado de catalepsia.

Y tal vez nos encontremos ante lo que ni la crisis griega del año pasado, ni la debacle financiera de 2008, ni siquiera las maniobras de Vladímir Putin consiguieron provocar: la muerte del gran y hermoso sueño de Dante Alighieri, Edmund Husserl y Robert Schuman. (…)

Y la catástrofe, si hubiera de completarse, sería una prolongación de ese gran error que algunos denunciamos desde hace décadas: Europa no es algo ineluctable, no está inscrita en la naturaleza de las cosas ni tampoco en el sentido de la Historia; (…) no se construirá sola —da sè—aunque nosotros no hagamos nada; (…) el destino de esta Europa, de nuestra Europa, sería el mismo que el de la Europa romana, el mismo que el de la Europa de Carlomagno y más tarde de Carlos V, el mismo que el de la Europa del Santo Imperio Romano Germánico, del imperio Habsburgo o incluso de la Europa de Napoleón, todas esas Europas que ya eran Europas, verdaderas y hermosas Europas, y cuyos contemporáneos creyeron, como nosotros creemos ahora, que estaban consolidadas, que eran firmes como la roca, que habían sido grabadas en el mármol de unos reinos de apariencia eterna y que, sin embargo, se desmoronaron. (…)

Una de dos.

O no hacemos nada; o nos dejamos vencer por ese sálvese quien pueda generalizado y obsceno; y entonces la pasión nacional se impone de una vez por todas sobre un sueño europeo reducido a los bienes gananciales de un gran mercado único que, si bien conviene al mundo de los negocios mundializado, desde luego no a los pueblos y su aspiración a más paz, más democracia y más justicia.

O bien las 28 naciones europeas se sobreponen; se deciden a seguir:

Primero. La línea trazada por Angela Merkel sobre la cuestión de la hospitalidad, moralmente infinita y políticamente condicionada, que debemos a esos hermanos en humanidad que llaman a las puertas de la casa común.

Y segundo. La línea trazada por François Hollande sobre la cuestión de Siria y la doble barbarie que, al vaciar el país de sus habitantes y al empujarlos por millones a los caminos del exilio, es la verdadera fuente de la presente tragedia; ninguno de los dos dirigentes, dicho sea de paso, omiten escuchar y aprender uno del otro sus respectivas porciones de verdad, cuya sola combinación puede dar cuerpo y alma a ese eje franco-alemán sin el que todo está perdido; y entonces, solo entonces, Europa, contra las cuerdas, obtendrá una nueva prórroga y, con un poco de coraje, tendrá una oportunidad de sobrevivir e incluso, quién sabe, de reactivarse.

Pues hoy más que nunca la elección está clara: Europa o barbarie; Europa o caos, miseria de los pueblos, regresión política y social; un paso adelante, pero de verdad, en la dirección de una integración política que es la única respuesta posible a los terribles desafíos del presente, o la certeza de la decadencia, de quedar al margen de la Historia y, tal vez, algún día, de la guerra.

Enlaces a los artículos en El País:

El miedo de la UE a la gente

Suicidio del proyecto europeo

SOS Europa

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