La manía de prohibir

Un magnífico artículo de Francesc de Carreras, profesor de Derecho Constitucional, publicado en la edición de Cataluña del diario El País, en la que se habla de la manía de prohibir que se tiene en general para ocultar aquello que no gusta: en este caso habla de los ayuntamientos franceses que quieren prohibir el uso del burkini, con la excusa de los atentados terroristas… ¡cuantas excusas sin sentido como esa se usan también para prohibir la libertad de ir desnudo! (en el último párrafo, resalto con negrita unas frases que me parecen sencillamente brillantes).

La manía de prohibir

Hay que prohibir cuando la acción de uno vulnera los derechos de otro. No porque moleste a la vista, vaya contra la moral propia, o produzca alarma social. Eso no tiene fundamento.

Essaouira, la antigua Mogador portuguesa, es una pequeña ciudad situada en la costa atlántica marroquí, a la altura de Marrakech. Durante siglos, Mogador fue el gran puerto de aquella zona. Su posición geográfica, y algunas riquezas naturales, la convirtieron ya en un puerto importante durante el dominio romano. En la época moderna, fue un enclave colonial portugués al servicio del comercio británico. Esta situación cambió a principios del siglo XX cuando Francia se hizo cargo del protectorado de aquella zona y se fue transformando la pequeñísima ciudad a la que los franceses llamaron Casablanca en la gran urbe actual.

Hace veinte años, Essaouira apenas había sido descubierta por el turismo, tan sólo algunos hippies la habían frecuentado siguiendo la estela de Jimmy Hendrix, que pasó allí alguna temporada. Era entonces una ciudad cómoda, de reducido tamaño, tranquila, refugio de artistas. Además, desde el punto de vista urbano, estaba ordenada con trazo racional debido a que, tras un incendio que la devastó, fue reconstruida por un arquitecto francés.

En la playa, junto a la puerta de la ciudad, era frecuente ver como caminaban por el borde del agua, con los pies descalzos y cogidas de la mano, representantes de tres generaciones de una misma familia: abuela, madre e hija. La abuela vestida de negro, tapada una parte de su rostro con pañuelo que le alcanzaba a la cabeza y con falda hasta los pies. La madre, cuarentona, con traje de baño completo, diseñado con estilo para nosotros anticuado. La nieta, una adolescente, iba con un bikini, exactamente igual a los que podemos ver en cualquier playa española. Como he dicho, las tres cogidas de la mano, paseando y hablando, con total naturalidad, contentas de estar juntas.

Muchos años antes, en los primeros cincuenta, el alguacil de Llafranc, una pedanía de Palafrugell, entonces un minúsculo pueblecito de la Costa Brava, siempre andaba preocupado por sus dificultades en hacer cumplir la ley. Habían aparecido en la playa las primeras extranjeras en bikini y un bando del Ministerio de la Gobernación prohibía el uso de tal prenda por considerarla ofensiva para la moral y las buenas costumbres. El pobre hombre, Cipriano se llamaba, hacía todo lo posible para hacer ver que no las veía, era un viejo liberal ampurdanés, caminaba despacio con viejo bastón, un brazo y varios dedos de la otra mano amputados.

Contrabandista de tabaco en otros tiempos, Cipriano, muy querido por todos, explicaba fascinantes historias sobre el oficio de contrabandista, que entonces se seguía practicando en Llafranc con asiduidad y eficacia. Un año, al sorprenderlos en una redada, detuvieron a todos los hombres de Llafranc, no serían más de una docena, con el alcalde pedáneo, hijo de Cipriano, al frente. ¡Escena de Berlanga, no me digan! Precisamente, su minusvalía física se debía a que explotó antes de tiempo un petardo de pesca, método ya entonces no permitido.

¿Cómo iba a prohibir este buen hombre que unas señoras de buen ver se echaran al agua en bikini? “He vist una francesa, prefereixo no mirar”, decía y decía bien. Allá cada cual con sus costumbres. Total no hacían ningún daño. Al primer día los veraneantes de una cierta edad, con disimulo, se daban una pasada por donde estaba la francesa en cuestión y lo comentaban con los amigos para que se dieran también un garbeo por allí. Al tercer día ya nadie hacía caso a los bikinis, formaban ya parte del paisaje. Décadas después, con el top-less sucedió lo mismo. Costumbres. No están ni bien ni mal: simplemente cambian.

Pues bien, en esta época de puritanismo que nos ha tocado vivir, algunos municipios franceses, ¡debido a la alarma provocada por los atentados terroristas!, han decidido prohibir el burkini, esa prenda que lo tapa todo excepto la cara, las manos y los pies. El criterio de esa prohibición es a primera vista el contrario, pero en el fondo se trata del mismo que tenía como consecuencia prohibir el bikini.

“Prohibido prohibir” decían los chicos franceses de mayo del 68. ¡Hombre, no tanto! Hay que prohibir cuando la acción de uno vulnera los derechos de otro. Este es el principio básico que debe observarse para proteger la libertad de todos. Pero prohibir porque molesta a la vista, va contra la moral propia, o produce alarma social, no tiene ningún fundamento. La tolerancia se ejerce con los otros, no con los tuyos ni contigo mismo.

Enlace al artículo en El País: La manía de prohibir.

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