Una lengua en peligro de extinción

Quizás sea exagerado, pero a veces pienso que el valenciano está en peligro de extinción. No es que el peligro sea inminente, pero el uso social del valenciano está bastante desprestigiado en nuestro entorno, a pesar de las disposiciones legales que reconocen la oficialidad del español y el valenciano en todo el territorio de la Comunidad Valenciana.

Y donde el valenciano no está, ni se le espera, es en los territorios de las comarcas de la Vega Baja (a excepción de Guardamar del Segura) y Requena – Utiel. En el primer caso, el valenciano se extinguió hace varios siglos y en la segunda nunca se habló, dada su pasado castellano. Pero en ambas se da en la actualidad un rechazo casi visceral a la enseñanza del valenciano (pero no a la del inglés, del alemán, o de cualquier otra lengua extrajera). Esto no es algo exclusivo de España, como recordaréis que comenté en mi artículo ¿Reconocer las lenguas regionales? “Pas du tout” 

Pero ayer, navegando por esos mares procelosos de internet, descubrí dos intervenciones en los ayuntamientos de Orihuela y Requena, respectivamente, y ahora mismo, intentando documentarme un poco más, el testimonio de una nativa de la Vega Baja; comienzo con esta reflexión, publicada en el blog de Serena Simón Vives, natural de Cox y residente en Inglaterra.

No pensaba hablar de este tema en mi blog. Yo me había apuntado en la frente que dedicaría mi blog casi exclusivamente a reseñas, comentarios sobre libros, cine y series, reflexiones espirituales y demás cosas bonitas y felices. Pero no, no lo he podido remediar. Hoy necesitaba hablar sobre una polémica, y lo que ocurre cuando se habla de polémicas es que, si pones un pie en un lado, el otro lo dejas colgando. Pero así son, y están, las cosas. Y más cuando se trata de hablar de algo que me interesa, como son las lenguas, cuando el ser humano mete la mano y trata de manipular una realidad como es la lingüística. Porque, por mucho que no lo reconozcamos, esto es una polémica primero política y después, ya si eso, hablaremos de lingüística.

Me encanta mi comarca, la Vega Baja del Segura, en el sur de Alicante. Y ahora que estoy lejos aprecio esto más que nunca: mi tierra, mi huerta, mi sierra, mi pueblo, el buen tiempo. Y, cómo no, nuestra forma de hablar el castellano, tan peculiar y distinta a otra parte de España, con una mezcla del habla de nuestros vecinos murcianos y salpicada de palabras antiquísimas de origen catalán que terminamos adoptando como nuestras.

Pero, a pesar de ello, una vez más hoy da vueltas la problemática de siempre con el dichoso decreto de plurilingüismo. Y en estos temas mi comarca acaba siendo un rincón lejano en el sur, con una fama incomodísima de queja, rechazo y protesta a algo que no se puede defender por sí solo.

Pasada mi época de estudiante, no puedo evitar empatizar con todos los profesores de valenciano que, cuando vienen a esta comarca, lo hacen con la cabeza baja. Hago el tremendo esfuerzo de imaginarme en una situación tan absurda al ponerme en su lugar como docente de español: ir a un lugar donde me digan mis propios alumnos que el castellano no sirve de nada para luego, cuando ya sean adultos, la culpa sea debido a que se han quedado sin plaza de empleo por no tener un nivel C1 de español.

Todo se convierte en un círculo vicioso que al final hemos sufrido los jóvenes. Cuando un partido político que maneja con absoluta comodidad los hilos de nuestro futuro decidió poner una barra libre de exenciones en valenciano, provocó que muchos estudiantes estuviéramos en el instituto haciendo crucigramas y pasando el rato en esta asignatura, sin llegar a hablar el valenciano de forma mínimamente fluida. Y así, acabamos suspendiendo el Mitjà, la Capacitació, el catalán en primero de Magisterio… La respuesta natural en un adolescente, y por no hablar de la de los padres, es lógicamente un mosqueo monumental y una apatía por aprender esta lengua. Esto me recuerda a los titulares que leo de vez en cuando en prensa: el valenciano ha suspendido a los estudiantes. Pero no, lo cierto es que son los estudiantes los que han suspendido el valenciano.

Aprender el valenciano desde edades tempranas es indispensable, pero lo es todavía más concienciarnos, cambiar nuestra mentalidad y sumar en lugar de restar. Esto exige mejorar el nivel de enseñanza, la calidad y las condiciones del profesorado de valenciano para que en lugar de, por un lado, “suspendernos” (como nos gusta quejarnos) y, por otro lado, transmitirnos la desgana, nos preparen para que las futuras generaciones no tropiecen con la misma piedra con la que lo hemos hecho mi generación y así sorteen sin dificultad todos los requisitos lingüísticos con los que se deben desenvolver como ciudadanos. Y el requisito primordial no es otro que el respeto y el aprecio por nuestro patrimonio lingüístico.

Y, por último, lanzo un recordatorio: no olvidemos que nuestro país, además del castellano, también tiene otras tres lenguas más. Una actitud de persecución y antipatía (ya no solo apatía) por algo que no se puede defender como es una lengua, es un problema social y político, no solo lingüístico, porque hunde sus raíces en una mentalidad que, hace unas décadas, nos aplastó con un oscuro puño de autoridad, de intolerancia y de ignorancia.

Y ahora, los testimonios del concejal de Orihuela Karlos Bernabé, y otros dos de Requena, Elías Ramírez y Juan García, defendiendo la enseñanza del valenciano en territorios indómitos. Sobran mis palabras.

 

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