Como niña, lo primero que aprendes es que estás en peligro

Aunque me hubiera gustado que esta entrada hubiera visto la luz en la jornada de ayer, 25 de noviembre, día internacional contra la violencia de género, una celebración mucho más especial impidió que lo pudiera hacer; pero esta entrevista de Ana Carbajosa a Mithu Sanyal (historiadora cultural, periodista y autora alemana de origen hindú especializada en cultura popular, estudios poscoloniales y feminismo) publicada en la edición digital del diario El País el 12 de marzo de 2019 muestra la realidad que, entre otros, los populistas de Vox, ayer (y todos los días) intentan enmarañar, cuando afirman que no hay diferencia entre la violencia ejercida contra las mujeres y contra los hombres… están obviando aspectos importantísimos, como la proporción de mujeres muertas frente a hombres muertos, o, como comenta Carlos de las Heras en la página de Amnistía internacional en un artículo titulado Quizá tú eres el problema

Es posible que la definición en el diccionario de violencia no sea esta, pero para mí la violencia es un sinónimo del miedo. Cuando alguien siente miedo, es violencia. Alguna vez, cuando salgo a correr por la noche y me cruzo con un grupo en el que todos van un poco “mecedora”, lo único que pienso es que podría meterme en un lío, una pelea o que me roben. Cuando lo comenté con mi pareja, ella me respondió que lo único que ella pensaba es en llegar sana y salva a casa. “No importa que me roben el dinero o el teléfono, solo quiero llegar a casa, solo pido que no me violen”. Eso es la violencia para mí.

Y de esa sensación de estar en peligro es de lo que habla Mithu Sanyal, y de lo que supone la violación para las mujeres, tanto en el momento de sufrirla como en la vida posterior: la culpabilización de la víctima, el honor supuestamente perdido… pero como ya estarás impaciente por leer la entrevista, te dejo con ella.

Mithu Sanyal: “Como niña, lo primero que aprendes es que estás en peligro”

Vulva. La revelación del sexo invisible (Anagrama, 2012) fue la consagración de Mithu Sanyal. El libro despertó un enorme interés y las editoriales casi se pegaban por publicar la segunda obra de la escritora alemana. Pero cuando se enteraron de que el tema y el título iba a ser Violación, llegó la desbandada y todo fue mucho más complicado. El texto ha visto finalmente la luz y se ha traducido a varios idiomas —ahora al español (Reservoir Books)— en un momento en el que el movimiento MeToo y el grito en España Hermana, yo sí te creo han llevado al primer plano del debate social y político un tema cuyas convicciones básicas, afianzadas como verdades consensuadas la autora ha querido diseccionar. Y lo hace con las gafas de género puestas, peleando por desmontar roles a primera vista inamovibles.

Sanyal (Düsseldorf, 1971) adelanta en su prólogo que no pretende agradar a todo el mundo con un texto que se adentra en jardines altamente espinosos y en el que plantea muchas preguntas incómodas, pero probablemente necesarias.

Mithu Sanyal - Omer Messinger - El País - El Eurociudadano nudista

Mithu Sanyal – Fotografía de Omer Messinger

PREGUNTA. ¿Por qué ha decidido dedicar un libro de casi 300 páginas a la violación? ¿Piensa que es un tema que no se trata lo suficiente?

RESPUESTA. Se habla mucho de la violación, especialmente desde el MeToo, pero no sabemos por qué hablamos de la manera que lo hacemos, y quise explorarlo. Antes había escrito sobre la historia cultural de la vulva y la gente, cuando daba conferencias, se acercaba a preguntarme sobre la violación. Yo me enfadaba. Después me di cuenta de que no es que fueran sexistas, sino que ese es el relato cultural; el de los genitales masculinos como armas y la vagina como algo pasivo y desprotegido. Yo me creía todo esto, pero cuando empecé a politizarme y a cuestionar lo que es típicamente masculino y típicamente femenino, y ver cuánto tiene de construcción cultural, pensé que sería terrible si la última diferencia de género acaba siendo la propensión de un género a violar. Porque entonces la única solución sería poner a todos los hombres en una isla.

P. ¿La violación responde a construcciones culturales?

R. Mi tesis es que la violación es el crimen con mayor componente de género. Tenemos estas ideas sobre las víctimas y los que perpetran el crimen, pero a la vez es el crimen que más influye en nuestra construcción de género. La primera información que recibes cuando eres una niña es que tienes que tener cuidado. Antes de tener cualquier información sobre sexo feliz y consensuado, lo primero que aprendes es que estás en peligro debido a tus genitales. Por otra parte, tenemos muchas dificultades como sociedad en reconocer la vulnerabilidad en los hombres y a los hombres como víctimas.

P. Pero las víctimas son por mayoría abrumadora mujeres.

R. Yo no digo que sea igual para hombres y mujeres, lo único que digo es que no ayuda perpetuar la idea de que las mujeres son una especie en peligro y los hombres son personas indeseables. En parte, porque a mí no me gusta sentirme en peligro. Eso es una de las cosas que aprendí cuando era joven, dónde puedo ir, especialmente por la noche. Mis mapas internos venían condicionados por el hecho de ser mujer y me privé de muchísimas experiencias, como ir de vacaciones sola, ante la amenaza de ser violada. No quiero decir que sea todo lo mismo ni que no necesitemos centros de asistencia para las víctimas de violaciones, los necesitamos mucho y que estén bien financiados, eso es otra cosa. Lo que pienso es como sociedad cómo prevenir los crímenes y cómo ayudar a las víctimas a recuperarse después.

P. Usted pone el foco en lo que pasa después de la violación y hasta qué punto las expectativas de los demás complican la recuperación. ¿Qué ayuda a una víctima?

R. Durante mucho tiempo no pensamos que la curación era posible. Esperamos de las víctimas que estén rotas durante toda su vida, y eso tiene que ver también en parte con el honor y con la construcción de género.

P. ¿Qué papel juega aún el honor?

R. Si una mujer perdía su honor, se esperaba de ella que se suicidara o que por lo menos se pasara su vida desgraciada. Si el duelo se terminaba, era un síntoma de que a lo mejor su honor no era tan grande. En la ley durante mucho tiempo la mujer tenía que demostrar a través de su dolor y su tristeza que había sido violada. Era un poco la misma retórica, como si honor y veracidad fueran intercambiables.

P. Pero el trauma está ahí y no desaparece tan fácilmente.

R. El trauma es absolutamente real y hay que tomarlo muy en serio, pero cuando hablamos del trauma de la violación, consideramos que es algo automático. Las personas somos resilientes en muchos sentidos. Cuando se muere alguien querido, lo superamos y eso no quiere decir que lo queramos menos. Es uno de los pocos crímenes que como víctima tienes que probar que te ha afectado tremendamente.

P. En España, en el caso de La Manada, uno de los argumentos de los abogados es que aparentemente la víctima no estaba tan triste y, por lo tanto, se lo podría haber inventado.

R. Precisamente tener experiencias positivas es una parte muy importante del proceso de curación. Hay gente que necesita salir a divertirse después y entonces es cuando empiezan a decirles que realmente no ha pasado.

P. Defiende el apoyo al agresor.

R. Eso es muy importante. Sabemos que hay posibilidades de reincidencia. Hay posibilidad de tratar a los violadores y no lo estamos haciendo adecuadamente. Como sociedad no sabemos cómo tratarlos y de la misma manera que esperamos que las víctimas estén rotas de por vida, no sabemos tampoco cuándo un violador puede ser reinsertado de nuevo en la sociedad. No podemos ignorar el problema y pensar que así desaparecerá.

P. En su libro analiza el caso de La Manada. ¿Qué tiene de particular?

R. Me sorprendió cómo los agresores hablaban entre ellos y fanfarroneaban sobre cómo iban a salir a violar. Me hace pensar en el tipo de conversaciones que se leen en Internet, conversaciones de odio contra las mujeres. Es una patología social que como sociedad tenemos que atacar y el derrumbe de la masculinidad es su peor forma.

P. Lo llama masculinidad tóxica.

R. Se trata de cómo ellos se niegan a sí mismos su humanidad y son tóxicos también con otra gente, especialmente las mujeres. Como la feminidad tóxica, la hiperfeminidad de mujeres que tienen que ser como princesas. Es toda esta información de género, primero te contamina a ti y luego tú te vuelves nocivo para los demás.

P. Usted trabaja el tema del consentimiento. De repente pareciera que se trata de física cuántica ¿Es tan difícil saber cuándo no es no?

R. Lidiamos con el consentimiento todo el tiempo, hasta cuando hacemos la cola del autobús, pero no nos enseñan a hablar en la cama, donde se supone que debemos ser más comunicativos. Yo hago talleres de consentimiento en la universidad y un tema que trabajamos con las mujeres es qué quieren. A menudo no tienen ni idea, porque no nos enseñan. Te enseñan a pensar cómo estar atractiva, si vas a gustar, pero no qué quieres, qué tipo de sexo te gusta. Y esa es una parte importante del consentimiento también, saber qué quieres y saber comunicarlo. En los talleres pasamos mucho tiempo enseñando a las mujeres a decir que no y a los hombres a respetar ese no. Pero esa no es una sexualidad feliz, eso es solo el comienzo.

Enlace al artículo en El País: Como niña, lo primero que aprendes es que estás en peligro.

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