Los nuestros

En la edición impresa del diario El País del pasado 11 de julio, y en su suplemento Ideas, se publicó, dentro de una columna denominada Un asunto marginal, un artículo escrito por Enric González con el mismo título que esta entrada. En él se habla del sectarismo, de ese impulso irrefrenable que tenemos todos de aceptar hasta los comportamiento más indecentes de esos que consideramos como uno de los nuestros. A continuación, un extracto del artículo.

(…)
Ignacio Peyró trabajó durante muchos años en medios de la derecha más feroz y en Ya sentarás cabeza los retrata con ironía y un punto de ternura. Escribe sobre ciertos tipos esencialmente fascistas, deshonestos y atrabiliarios (he tratado a algunos de ellos y son auténticos facinerosos) sin ocultar su cariño hacia ellos. En esos pasajes me entretenía con el ejercicio mental de la antítesis: yo siento un incómodo aprecio por ciertos tipos estalinistas, deshonestos, atrabiliarios y facinerosos.

Supongo que podría pasármelo muy bien y aprender más de una cosa tomando una o veinte copas con Peyró. Supongo también que, si ambos acudiéramos a la cita acompañados de unos cuantos amigos, la velada terminaría en reyerta. Así son las cosas. Incluso quien hace esfuerzos por librarse del sectarismo sabe quienes son los suyos y en quiene malgasta su tolerancia. Todo se resume en aquella pregunta sobre la que Margaret Thatcher construyó su carrera política: ¿Es uno de los nuestros?

No nos alineamos con los nuestros por razones intelectuales. Ni siquiera ideológicas. La afinidad suele florecer en los pantanos más oscuros de nuestro pasado y nuestro carácter. Los nuestros constituyen, con frecuencia, nuestra caricatura más desfavorable. Los independentistas razonables (los hay, muchos) son inevitablemente comprensivos con los fascistas de su bando; a la derecha liberal e inteligente (…) siempre se le escapa un mimo hacia la ultraderecha más hedionda y cerril; la izquierda que trata de aferrarse a la razón y escapar de la cursilería sabe que el bueno era Kérenski, pero babea ante cualquier Lenin que pase por ahí.

El problema es que los nuestros nos hacen peores. Porque no nos gustan sus formas, pero sentimos una conexión emocional con su fondo. Lo cual constituye una estupidez. En general, y muy concretamente en la política, lo más importante son las formas. El fondo resulta deprimente: la derecha quiere preservar una oligarquía y unos privilegios determinados, y la izquierda lucha por crear otra oligarquía y otros privilegios igualmente predeterminados. Son las formas (el respeto, el juego limpio, la igualdad ante la ley, la libertad de expresión, esas cosas) las que hacen habitable una sociedad. (…)

Puede que sea política y socialmente útil el mecanismo de los nuestros y los otros. Pero cada día me convencen menos los colectivos, tan propensos a transformarse en jaurías o en grupos cohesionados por la estupidez y la fe ciega. (…)

El Pais, suplemento Ideas, domingo 11 de julio de 2021

A mi también me cansa, cada vez más, la estupidez y la fe ciega…

Postdata: no puedo resistirme a relacionar este sectarismo descrito en el artículo con los comportamientos sociales que se desprenden de La espiral del silencio. No dejaré nunca de recomendar su lectura.

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