El fronterizo

Toda la culpa es del TBO.

Ahora, cuando se habla de tebeos, se engloba a todas las publicaciones que recopilan lo que ahora conocemos como cómics; e incluso, mucha gente desdeña la palabra tebeo, y utilizan exclusivamente la palabra cómic; sin embargo, cuando yo era pequeño, la palabra tebeo incluía a todas las publicaciones de ilustraciones en viñetas con bocadillos con las palabras que decían los personajes. Yo era asiduo comprador de Mortadelo, pero también compraba, de vez en cuando, el TBO, revista cuyo nombre dio origen al genérico tebeo.

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Esta era una de mis secciones preferidas; no he encontrado ninguna imagen de la sección de la que hablo a continuación. Fuente.

Pues bien, en el TBO de aquellos años (1969 ó 1970) existía una sección llamada De todo un poco, que mezclaba chistes con curiosidad; y una de aquellas curiosidades hablaba de un pueblo entre Bélgica y Holanda, cuyas casas estaban divididas entre ambos países, y que para distinguir que casas pertenecían a un país o a otro, utilizaban un código de colores en los números de las mismas: las que tenían números negros sobre fondo blanco eran belgas, y las que tenían números blancos sobre fondo negro eran holandesas (o viceversa, no lo recuerdo bien); y además comentaba que existían casas que tenían el comedor en un país y la cocina en otro…

Mi imaginación empezó a volar, y me entraron unas ganas locas de ir a ese lugar. Y pasaron los años, con esa idea en la mente. Y una consecuencia de la lectura de aquella curiosidad fue que, cuando empecé a viajar, tenía una cierta fijación sobre la situación de las fronteras, y si era posible, me detenía en ellas y me colocaba en un lado u otro de la frontera varias veces. Pronto empezó a ser costumbre, cuando los campamentos de mi grupo Scout eran en los Pirineos, acercarme a las fronteras más cercanas; todas ellas tuvieron algún aspecto que me impactó: la de Bielsa / Aragnouet, frontera en medio de un túnel en el que siempre había una niebla intensísima en el lado francés y un sol asfixiante en el lado español, y que sabías que cambiabas de país por los carteles de debajo de las señales -recuerde / rappel-; la de Bossost / Bagneres de Luchon, situada en justo en lo alto del Portillon, y en el que el puesto de aduanas español estaba a la salida de Bossost (y vacío) y el francés antes de llegar a Bagneres (pero este sí tenía agentes aduaneros en aquellos tiempos; cuando pasé en mi viaje de bodas por aquí, ya no había); el de Les / Fos, que me impresionó también porque se podía entrar en Francia algunos metros sin que existiera control alguno (el puesto aduanero conjunto estaba antes de entrar en Fos)…

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Carretera del Portillón, como casi siempre, obtenida de Google Maps.

Después, mi curiosidad se desplazó a otros lugares, siguiendo mis viajes. Recuerdo mis entradas en Suiza. Si la entrada era por autopista, una única preocupación ocupaba los esfuerzos de los guardias aduaneros: la vignettela tassa (según la entrada fuera por los cantones de habla francesa o por el Ticino); es decir, paga la viñeta para circular por autopista. Pero si entrabas -o salías- por fronteras poco habituales, entonces la parada era obligatoria, para que averiguaran a dónde ibas y con qué intenciones. En todas, menos  en la frontera del Gran San Bernardo (Suiza / Italia), donde un cartel indicaba el horario de la aduana, y seguidamente, indicaba que fuera de este horario, usted también puede pasar. Sin embargo, el mismo día, en el Pequeño San Bernardo (Italia / Francia), llegamos ya bien entrada la noche, y sorprendimos a los dos aduaneros en agradable conversación; a continuación, el italiano nos pidió la documentación, y nos registro el maletero del coche, en el que sólo encontró mucho chocolate suizo. Cuando el aduanero italiano quedó satisfecho, pasamos la frontera y nos detuvo el guarda fronterizo francés, que nos volvió a pedir la documentación, aunque no nos volvió a registrar. Cuando seguimos, comprobé por el retrovisor que ambos volvían a la dura tarea de conversar entre ellos, para combatir el aburrimiento.

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Vista de la frontera en el paso del Pequeño San Bernardo desde Italia; se ve el mojón fronterizo y dos rayas perpendiculares a las de la carretera que marcan la frontera; como nosotros pasamos de noche, esos detalles se me pasaron. Fuente.

Y en mi viaje de bodas, no pude resistir la tentación de entrar en Llívia, esa villa que el tratado de los Pirineos dejó del lado español; y tengo todavía pendiente una visita a Gibraltar y a Olivenza, muestra de que los conflictos fronterizos siguen vigentes, incluso desconocidos para una gran mayoría de la sociedad de una de las partes (el caso de Olivenza es desconocido por la gran mayoría de españoles),

¿Y que quedó de aquella lectura del TBO? Pues hace escasamente dos o tres meses, de repente, decidí buscar aquella ciudad belgolandesa; en lugar de buscar en los ejemplares del TBO (que todavía conservo, debidamente encuadernados) decidí buscar en San Google Maps, recorriendo toda la frontera belgolandesa (me ha gustado el palabro); no lo conseguí a la primera, pero la segunda vez que recorrí la frontera ¡eureka! ¡lo encontré!

Y desde ese momento, los nombres de Baarle-Hertog y Baarle-Nassau han pasado a formar parte de una de las múltiples curiosidades de mi vida…

Mis publicaciones sobre fronteras las puedes encontrar aquí.

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