El trenero

Mis primeros recuerdos son dos: un cojín que se quemó en casa por estar al lado de una estufa, y los estirones que les pegaba a mis padres cuando veía el autobús en Cullera, que era donde vivía en aquel momento.

Lo del cojín lo recuerdo, sin duda, porque nos llevamos todos un buen susto; pero lo del autobús… tiene truco. Era el autobús que unía entonces el pueblo con la estación del tren, que estaba situada lejos del casco urbano… ¡y esa era la razón del estiramiento, que quería ir a ver trenes!

Esos primeros recuerdos pugnan en ser los primeros con estos otros dos: uno en el que me acuerdo de estar sentado encima de una maleta en el andén de la vía 6 de Valencia – Termino (aunque todo el mundo la conocía como la estación del Norte) y ver entrar al Talgo que nos iba a llevar a Madrid (y sólo me acuerdo de eso); el otro, más misterioso, es estar en la parte delantera de un ferrobús (justo al lado del furgón) detenido enmedio del campo, de noche, y que de repente entra en el compartimento de viajeros una persona que dice algo, y que todo el mundo se levanta y se dirige hacia el furgón… ¿que pasó? No lo sé, y nadie recuerda ese incidente (y no lo soñé)

en valencia

Una vista de la estación del Norte de Valencia repleta de ferrobuses (autor desconocido para mí)

El caso es que yo, de pequeño, cuando me preguntaban que es lo que quería ser de mayor, siempre decía lo mismo: ¡maquinista! Bueno, siempre, hasta que gracias a la insistencia de mis padres (que siempre me decían lo poco que cobraban los maquinistas) cambié mi respuesta: ¿que quieres ser de mayor? ¡Ingeniero de trenes!

Pero, al final, ni maquinista, ni ingeniero. Pero sí ferroviario.

Cuando acabé el COU, mis padres me plantearon que es lo que tenía pensado hacer con mi vida; y yo les dije, sin ningún genero de duda: voy a estudiar ingeniería industrial, o de caminos. Y entonces, ellos me dijeron: sería mejor que te hicieras maquinista. Vaya, por fin me habían hecho caso. Claro, que el motivo de su cambio de opinión era la alta tasa de paro existente en aquellos tiempos (similar a la de ahora) y que una vez obtenido el empleo, ya lo tenías para toda la vida (y eso he creído… hasta ahora).

Así que entre en los ferrocarriles con tan sólo 19 abriles. Y entré, como tantos otros, a través del ejército. Existían dos Regimientos para los ferroviarios: el Regimiento de Zapadores ferroviarios y el Regimiento de Movilización y Prácticas de Ferrocarriles; y a mí me cupo el honor de servir durante tres interminables años en el segundo de ellos, tras superar un concurso oposición bien duro (o sea, nada de que me regalaran el empleo); nada más empezar, un primer contratiempo: había solicitado entrar de maquinista, pero me asignaron estaciones. Pero, como al final estaba haciendo lo que me gustaba (en el ámbito ferroviario, no en el militar) lo asumí con buen gusto. Así que tras sucesivos pasos por Santander, Bilbao (en el que estaba como militar en el peor período de terrorismo de ETA; me sorprendió sobremanera ver a la Guardia Civil patrullar en tanqueta por las calles de Zorroza), y de nuevo Santander, finalmente obtuve la plaza de mis sueños: Valencia.

El escudo del Regimiento, que llevábamos en la manga derecha, y la locomotora que llevábamos encima del bolsillo izquierdo de la camisa o guerrera (fuente).

Y, además de trabajar en el ferrocarril, la afición sigue por dentro; no soy como la mayoría de amigos del ferrocarril, dado que yo ya he jugado con trenes de verdad, y no conservo en mi memoria millones de datos históricos o técnicos sobre tal o cual material: me conformo con tener datos suficientes. Pero no puedo evitar visitar la estación más próxima cuando voy de viaje, e incluso subir a algún tren si nada lo impide.

DSC_0793.JPG

Incluso busco estaciones abandonadas, como esta de Arnés – Lledó (foto propia).

Y es que el gusanillo ferroviario llena mi vida.

Mis publicaciones sobre trenes las puedes encontrar aquí.

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2 respuestas a El trenero

  1. Me interesa comunicarme contigo para hablar de trenes.

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  2. Pingback: Sección de libros: Vapor en España – 1961 | El eurociudadano nudista

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